La grieta en el contrato
El invernadero de la mansión Valdés era una jaula de cristal sofocante. El aroma a orquídeas, denso y dulzón, se adhería a la piel de Elena como una acusación. Tras la gala, donde Damián la había exhibido como un trofeo de guerra para marcar territorio ante Julián, ella solo buscaba el silencio. Pero el azar, esa fuerza que siempre jugaba en su contra, la aguardaba entre los helechos.
Un crujido seco rompió la calma. Elena se tensó, su mano buscando instintivamente el borde de su vestido de seda.
—¿Quién está ahí? —preguntó,
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