El peso de la corona
El despacho de Damián Valdés no era una oficina; era un búnker de caoba y secretos. El zumbido constante del servidor privado, oculto tras un panel de madera, vibraba contra la planta de los pies de Elena como un latido artificial. Había pasado apenas una hora desde que el flash de las cámaras dejara de perseguirla, pero la adrenalina de la gala aún le recorría las venas, agudizando cada sentido. Damián estaba atrapado en una reunión de emergencia con sus abogados, dejando a Elena sola con la única oportunidad que tendría para desmantelar la red de extorsión que asfixiaba a su familia.
Sus dedos, finos y decididos, se movieron sobre el teclado. La nota que la novia original había dejado, es
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