La trampa de la elegancia
El mármol del vestíbulo de la mansión Valdés no reflejaba mi rostro, sino una máscara de seda y desesperación. A mi lado, Damián era una presencia sólida, un muro de hormigón envuelto en un traje a medida que me mantenía en pie. Antes de que pudiera procesar el peso de las lámparas de cristal, una voz afilada como un bisturí cortó el aire.
—Has tardado demasiado en regresar, Elena. O debería decir, en aparecer —Isabel Valdés descendió la escalinata con la cadencia de quien no camina, sino que reclama territorio. Sus ojos, dos pozos de un gris gélido, se clavaron en mi cuello desnudo—. Olvidaste el collar de zafiros. La tradición f
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