Deuda de sombras
El motor del sedán se apagó frente a la mansión Valdés. El silencio que siguió, denso y absoluto, resultó más opresivo que el estruendo de los flashes en la gala. Damián descendió primero, sin ofrecerle la mano. Elena lo siguió, sintiendo cómo la seda de su vestido —un préstamo de la casa, una armadura prestada— se adhería a su piel como una advertencia. Cuando las puertas de hierro se cerraron tras ellos con un clic mecánico y definitivo, Elena comprendió que no era una bienvenida, sino el sello de una celda de lujo.
—Bienvenida a tu nueva realidad, Elena —dijo él, sin mirarla, mientras caminaba hacia el vestíbulo de mármol. Su voz era un bisturí, fría y pre
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