La máscara de cristal
El mármol del vestíbulo del Gran Salón parecía deslizarse bajo mis tacones, una superficie traicionera que amenazaba con revelar mi inestabilidad. El vestido de seda negra que Damián Valdés había enviado a mi hotel pesaba como una armadura de plomo sobre mis hombros, una costosa prisión de alta costura que sellaba mi destino. A mi lado, Damián caminaba con la cadencia de un depredador que conoce cada centímetro de su territorio. Su presencia era un muro de granito que me separaba del escrutinio voraz de la élite, pero también era la jaula que me mantenía cautiva.
—Recuerda, Elena —su voz era un susurro gélid
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