El Desafío del Comandante
La estática en la pantalla gigante del Nivel 7 no era un fallo técnico; era la firma de una ejecución inminente. La imagen de Hektor, proyectada en alta definición sobre el mar de chatarra, cortó el murmullo de los chatarreros como una hoja de acero. Detrás del Comandante, el Nivel 6 ardía. Los hangares de servicio, ahora convertidos en piras funerarias, servían de telón de fondo para su ultimátum.
—Kaelen Vane —la voz de Hektor retumbó, amplificada por los altavoces de la Torre hasta hacer vibrar los cimientos de metal—. Tu insolencia en la Arena ha sido registrada. Pero la gloria tiene un precio que no puedes pagar con chatarra. Si no te presentas al duelo al amanecer, la purga que ves a mis espaldas se extenderá a todo este nivel. Tu deuda no se saldará con créditos, sino con el desguace sistemático de los tuyos.
Kaelen apretó los dientes, sintiendo el zumbido del módulo táctico en la base de su cráneo. Cada segundo de la transmisión drenaba una fracción de su crédito vital; una aguja de hielo recorriendo su columna. Silas, el líder de la resistencia, se acercó, con el rostro marcado por la tensión.
—Si no aceptas, Hektor nos borrará del mapa para silenciar ese módulo —dijo Silas, señalando el chasis de Chatarra—. Si aceptas, te llevará a la tumba. No hay una tercera opción, Kaelen.
En el taller, el aire apestaba a ozono y sudor frío. Valeria, con manos frenéticas, ajustaba los cables de fibra óptica que conectaban el módulo al núcleo del mech.
—Si lo integro al núcleo de energía, la interfaz te quemará antes de que la campana de la Arena suene —advirtió, sin mirarlo—. Tu crédito vital está siendo consumido como combustible. Ya no es solo un número en tu cuenta, Kaelen. Es tu pulso.
—Hazlo —respondió Kaelen, su voz cortante. Se sentó en la silla de pilotaje, donde la interfaz parásita esperaba como una boca abierta—. Si no acepto, Hektor purgará el sector de todos modos. Al menos así, el módulo tendrá la oportunidad de hackear su red interna durante el combate. Si gano, el sistema caerá. Si pierdo, al menos habré forzado a la Torre a mostrar su verdadera cara ante todos.
La noche fue un caos de metal y sombras. Agentes corporativos intentaron infiltrarse en el taller, buscando recuperar el módulo antes del duelo. Kaelen, con el sistema ya integrado, no necesitó armas convencionales. Al detectar la firma energética de los atacantes, forzó una sobrecarga en sus drones de escolta, convirtiéndolos en su propia red defensiva. El dolor del módulo era insoportable, una descarga constante que le nublaba la visión, pero la victoria fue rápida y brutal. Los mercenarios huyeron, dejando atrás solo chatarra humeante.
Kaelen se desplomó contra el chasis de Chatarra, consciente de que apenas le quedaba crédito para sobrevivir al amanecer. Valeria lo observó con una mezcla de horror y respeto técnico.
—Estás quemando tu vida para ganar tiempo, Kaelen.
—No es tiempo —respondió él, ajustándose el visor mientras el sol comenzaba a teñir de rojo los escombros del Nivel 7—. Es la única moneda que me queda para comprar la verdad.
Al llegar a la Arena de los Olvidados, la multitud guardó un silencio sepulcral. Hektor lo esperaba en la tribuna, seguro de su victoria, sin saber que el mech que Kaelen pilotaba ya no era una máquina de desguace, sino un nodo de acceso directo a los registros prohibidos de la Torre. Kaelen se conectó. El dolor fue total, un colapso de su energía vital que se transformó en datos puros. Antes de que el primer golpe fuera lanzado, envió una señal hackeada a las pantallas de todos los niveles, exponiendo el reciclaje humano de la Torre. El duelo comenzó, y Kaelen se lanzó al frente, sabiendo que, ganara o perdiera, el sistema intentaría purgar el nivel inmediatamente después.