Duelo en la Cumbre
El amanecer en el Nivel 7 no trajo luz, sino el zumbido metálico de la purga inminente. Kaelen Vane sentía cómo el módulo táctico, incrustado en el núcleo de Chatarra, le succionaba la vida. Su HUD parpadeaba en rojo: 48,200 créditos vitales, drenándose a un ritmo de diez por segundo. Frente a él, el campeón de Hektor, un titán de acero cromado, cargó su cañón de riel. El impacto de la primera andanada hizo que Chatarra se hundiera en el concreto, el chasis gimiendo bajo la presión.
—Kaelen, detente —la voz de Valeria, filtrada por el comunicador, era un hilo de desesperación—. Estás quemando tu crédito vital. Si el núcleo llega a cero, no habrá nada que rescatar.
Kaelen ignoró el dolor que le subía por la columna. Sus dedos, entrenados en la miseria de los niveles inferiores, volaron sobre los controles. El módulo proyectaba líneas de probabilidad sobre el visor: una red de vulnerabilidades en el blindaje del campeón. Hektor observaba desde su palco, impasible, esperando que el chatarrero se convirtiera en chatarra.
El campeón disparó de nuevo. Kaelen no esquivó. Inyectó un pulso electromagnético invertido, una maniobra que aprendió de su mentor, sobrecargando los sensores del rival. El coloso de Hektor se quedó ciego. Kaelen lanzó a Chatarra hacia adelante, conectando un golpe preciso que expuso el núcleo del enemigo ante las cámaras que transmitían a toda la Torre.
—Miren —rugió Kaelen a través del canal abierto—. Miren el precio de su orden.
Con un comando rápido, el módulo hackeó la red local. Las pantallas gigantes de la arena dejaron de mostrar publicidad corporativa y comenzaron a proyectar los registros de reciclaje humano: nombres de trabajadores desaparecidos, fechas de purgas y la contabilidad macabra de los créditos extraídos. El silencio en el Nivel 7 fue absoluto, seguido por un rugido de rabia que hizo temblar las estructuras.
Hektor, desencajado, golpeó su consola. Ordenó a sus escuadrones de purga entrar, pero la multitud se interpuso. Kaelen deshabilitó el núcleo del campeón, pero le perdonó la vida. Fue un acto de rebeldía pura: una humillación que desnudó la fragilidad de Hektor.
La victoria, sin embargo, fue el detonante del fin. La Torre, al detectar la brecha, activó un protocolo de despresurización masiva. El suelo comenzó a fracturarse, succionando escombros hacia las compuertas de purga en el techo. La presión atmosférica caía en picada.
—¡El nivel se desmorona! —gritó Valeria—. ¡El ascensor central es la única salida, pero Hektor ha sellado los accesos!
Kaelen miró hacia arriba. La luz cegadora del ascensor espacial se filtraba por las grietas estructurales. Era el camino al Nivel 8, un ascenso que exigía dejar atrás todo lo que conocía. Sobrecargó el núcleo de Chatarra para abrirse paso entre los restos. La deuda estaba pagada con datos, pero el vacío del espacio exterior era ahora su única frontera.