Piso Seis: El Laberinto de Acero
El impacto contra la plataforma del Nivel 6 sacudió el chasis del Chatarra con la violencia de un martillo hidráulico. Kaelen Vane se aferró a los mandos, sintiendo cómo el metal de la cabina se quejaba bajo la presión. El aire, viciado y cargado de ozono, le quemaba los pulmones. Sobre él, el cielo artificial de la Torre no era más que una red de fracturas carmesí: el protocolo de auditoría de Hektor, una sentencia de muerte digital que descendía para sellar el sector.
«Acceso no autorizado detectado. Iniciando purga», resonó la voz sintética en su cráneo. El módulo táctico, incrustado en su antebrazo, vibró con una intensidad febril. Kaelen sintió un pinchazo gélido, una succión que no venía del mech, sino de su propia médula. El dispositivo estaba devorando su crédito vital para procesar el cifrado de la Torre.
—No me vas a borrar hoy —gruñó Kaelen. Sus dedos, empapados en sudor, forzaron la sobrecarga del núcleo. El bypass se abrió con un chasquido eléctrico, justo cuando los muros de luz sólida convergían para aplastar su posición. El Chatarra se lanzó al vacío, aterrizando sobre una placa móvil que giraba como un engranaje en una maquinaria colosal.
—Kaelen, el módulo está drenando tu crédito vital a un ritmo insostenible —la voz de Valeria Solís chisporroteaba en el comunicador, cargada de una urgencia que no intentaba ocultar—. Si no estabilizamos la interfaz, tu corazón se detendrá antes de que alcancemos el siguiente sector. Hektor está colapsando el piso deliberadamente. No quiere atraparte; quiere convertirte en chatarra.
El visor proyectó una red de vectores: caminos temporales que las plataformas seguirían durante los próximos tres segundos. Era una ventaja táctica obscena, una visión del futuro que le costaba años de vida por cada segundo de uso. El Chatarra saltó, esquivando un pistón que emergió del suelo con la intención de destrozar su tren de aterrizaje. A mitad del salto, una sombra se interpuso: un piloto corporativo, atrapado en una plataforma que se inclinaba hacia el abismo. Su mech, un modelo de clase media, perdía fluido hidráulico a chorros.
Kaelen no dudó. Bloqueó su inercia y disparó un cable de anclaje, enganchando el marco del rival justo antes de que este se precipitara al vacío. El impacto casi le arranca el brazo al Chatarra. El rival, aturdido, le envió un paquete de datos encriptados: la confirmación del colapso total del sector.
—¡El disipador térmico está al rojo! —gritó Valeria—. ¡Si no ventilas el núcleo manualmente, el sistema va a fundir los circuitos!
—Hazlo —ordenó Kaelen.
El silbido del vapor inundó la cabina cuando las placas laterales se abrieron. El estruendo fue reemplazado por un terremoto de acero. El techo del Sector Delta se desplomó, convirtiendo la ruta en un amasijo de escombros flotantes. El Vanguard-7 de Valeria, operando desde un pilar cercano, comenzó a ceder.
Kaelen vio la pantalla parpadear, volcando una cascada de datos cifrados: esquemas de la arquitectura de la Torre que revelaban una lógica orgánica. La Torre no era una estructura; era una máquina de reciclaje humano diseñada para convertir pilotos en combustible.
—¡Kaelen, el soporte colapsa! —gritó Valeria—. ¡Sube ahora!
Kaelen miró el abismo. Podía salvar su mech y ascender, o redirigir el núcleo para estabilizar el pilar de Valeria, condenando al Chatarra a la destrucción. La deuda de 48,200 créditos pesaba sobre su conciencia, pero el rostro de su mentor, el honor que juró redimir, pesaba más. Redirigió el flujo. El mech emitió un gemido metálico final mientras la plataforma cedía bajo sus pies.