La Verdad Reciclada
El aire en el Nivel 6 no se respiraba; se filtraba, cargado de ozono, cobre quemado y el hedor dulce de los polímeros fundidos. Kaelen Vane escupió una mezcla de sangre y polvo industrial mientras intentaba arrastrar su pierna izquierda, que palpitaba con un ritmo agónico bajo el peso de una placa de blindaje del Chatarra. A su lado, el mech ya no era una máquina de guerra, sino una pira de metal retorcido que crujía con el sonido agónico de los circuitos muriendo en espasmos eléctricos.
—Kaelen, muévete. El escaneo de Hektor está a menos de dos minutos —la voz de Valeria era un hilo de acero, afilada por la urgencia. Estaba arrodillada a pocos metros, sus manos manchadas de grasa y sangre sobre una terminal de servicio que chisporroteaba con estática azul.
Kaelen empujó la placa, sintiendo cómo su crédito vital, enlazado al módulo táctico, se drenaba en una descarga de dolor punzante que le nubló la vista. Cada segundo sin conexión a la red de la Torre era una sentencia de muerte, pero cada segundo conectado aceleraba el consumo de su propia energía. Se arrastró fuera de los restos, con la ropa hecha jirones y la piel marcada por el calor del colapso del nivel.
—¿Qué encontraste? —preguntó Kaelen, ignorando el temblor de sus manos. Su objetivo no era solo sobrevivir; era la razón por la que habían forzado el salto. Si la Torre iba a reclamar su vida como deuda, él necesitaba saber qué había detrás del telón de acero.
Valeria no respondió con palabras. Conectó el Módulo Táctico a la terminal oxidada. La pantalla emitió un brillo azul espectral que iluminó el conducto de mantenimiento donde se habían refugiado. Los datos que fluyeron no fueron diagnósticos técnicos, sino registros de personal: nombres de pilotos, fechas de ingreso y una columna final marcada como 'Eficiencia de Conversión'.
Kaelen se acercó, y sus ojos se fijaron en los archivos desclasificados. El contador de su crédito vital en la muñeca comenzó a descender a una velocidad alarmante: 98%, 95%, 90%. En la pantalla, un nombre saltó entre los registros de eficiencia: Maestro Vane.
—No fue un accidente —rugió Kaelen, golpeando el metal. La náusea se transformó en una frialdad absoluta. Su mentor no había muerto escalando; había sido desmantelado, procesado deliberadamente para aumentar la eficiencia estructural del Nivel 5. La Torre no probaba a los fuertes; los devoraba para alimentar su propio estatus.
—¡Kaelen, suéltalo! ¡Nos está succionando la vida! —gritó Valeria, intentando desconectar el cableado que parecía haberse fusionado con la terminal.
Pero Kaelen no escuchaba. Sus ojos presenciaban la verdad final: la Torre era una máquina de reciclaje humano a escala industrial. El Comandante Hektor no era el dueño del sistema, sino un engranaje más, un capataz encargado de enviar el ganado al matadero.
De repente, las luces de la sala cambiaron a un rojo estroboscópico. Un pitido agudo, el sonido de una auditoría corporativa de nivel máximo, saturó el ambiente. Hektor había llegado.
—Ya están aquí —susurró Valeria, sus ojos cargados de una determinación suicida—. Voy a inyectar un virus en el núcleo de la red. Borraré tu rastro de deuda, pero el costo será total. Perderemos la capacidad de ocultación.
Kaelen asintió, su resolución endureciéndose como el acero que lo rodeaba. Valeria ejecutó la secuencia. El virus se propagó, pero la respuesta de la Torre fue instantánea: el Nivel 6 comenzó a sellarse herméticamente para un 'reciclaje de emergencia'.
—No hay salida, Kaelen —dijo ella, señalando un conducto de ventilación presurizado que vibraba con una firma energética desconocida—. Es un salto ciego hacia el Nivel 7. Si forzamos el paso, el escudo del Módulo colapsará antes de que toquemos suelo.
El rugido de los escuadrones de limpieza de Hektor resonó en los pasillos, acercándose con una precisión quirúrgica. Kaelen miró el vacío del conducto y luego a Valeria. Sin mech, sin créditos, y con la Torre colapsando a sus espaldas, solo quedaba la caída. Se lanzaron al vacío justo cuando el nivel era incinerado por los protocolos de purga, dejando a Hektor rugiendo de furia ante la terminal vacía.