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Chapter 2: El Precio de la Eficiencia

Kaelen logra escapar del sector de desguace tras una maniobra arriesgada, pero descubre que el módulo táctico recuperado tiene un costo oculto: se alimenta directamente de su crédito vital. Valeria confirma la naturaleza parásita del dispositivo, mientras la Torre, liderada por Hektor, marca a Kaelen como un objetivo prioritario, elevando la presión de la deuda a una amenaza existencial.

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El Precio de la Eficiencia

El zumbido de Chatarra ya no era el chirrido agónico de metal contra metal. Ahora, el chasis vibraba con una frecuencia armónica, una nota limpia y peligrosa que recorría la columna vertebral de Kaelen. Bajo sus pies, el suelo del Sector 4 retumbaba. Las luces de advertencia de la Torre, un rojo estroboscópico, marcaban el ritmo de su sentencia: cuarenta segundos para el sellado total.

—Muévete —masculló Kaelen. Hundió el acelerador. Chatarra respondió con una agilidad antinatural, ignorando el peso muerto de su blindaje remendado. Pero el módulo táctico, incrustado en el pecho del mech, irradiaba un azul eléctrico que cortaba la penumbra industrial como un faro. Si el Comandante Hektor registraba esa firma energética, el reciclaje no sería una amenaza, sino una ejecución sumaria.

Frente a él, un muro de contención reforzado bloqueaba la salida. Los drones de limpieza descendían, disparando ráfagas de contención que levantaban chispas y polvo tóxico. Kaelen sintió una punzada en la base del cráneo, un feedback neuronal que le nubló la vista. El módulo no solo navegaba; se alimentaba. Kaelen forzó el sistema, sobrecargando el núcleo. Chatarra se lanzó hacia adelante, atravesando el muro en una lluvia de escombros justo cuando las compuertas de seguridad se sellaban con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de la Torre.

El taller de Valeria olía a ozono y desesperación. Kaelen dejó caer el módulo sobre el banco de trabajo, haciendo que las herramientas saltaran.

—Calíbralo. Ahora.

Valeria levantó la vista, con el rostro manchado de hollín. Sus ojos recorrieron el dispositivo y se dilataron. Dio un paso atrás, negando con la cabeza.

—¿Estás loco? Esto tiene la firma de la Academia. Si Hektor detecta esta tecnología fuera de sus protocolos, nos borrará del mapa en un ciclo. No voy a morir por tu ambición de escalador.

—No es ambición, es supervivencia —respondió Kaelen, bloqueando la puerta del taller—. Mira lo que hace con mi mech.

Activó la interfaz. El código de Chatarra se reescribió ante sus ojos, reemplazando la arquitectura oxidada por una lógica de datos perfecta. Valeria se acercó, cautivada a pesar de su miedo, mientras el mech emitía un zumbido que hacía vibrar el suelo.

—¡No puedo enmascarar esto! —gritó ella, sus manos volando sobre la consola—. El módulo está drenando energía de los condensadores y buscando una conexión externa. ¡Está intentando llamar a casa!

Los pasos metálicos del escuadrón de recuperación resonaron en el pasillo. Valeria clavó un puente de cobre en la placa base. Kaelen, sintiendo una punzada de dolor detrás de los ojos, volcó la capacidad del módulo hacia los sensores de los atacantes. Un pulso electromagnético cegó los sistemas ópticos de los drones. Los atacantes se retiraron, confundidos, mientras el mech volvía a la vida. Kaelen cayó de rodillas, con un vacío punzante en el pecho.

Valeria golpeó la consola, sus ojos recorriendo las líneas de código que fluían a una velocidad imposible.

—No es una mejora de rendimiento, Kaelen —dijo, su voz carente del cinismo habitual—. Es una interfaz parásita. No consume energía del reactor. Se alimenta de ti.

Kaelen sintió una mano invisible succionándole la médula.

—¿De qué hablas?

—Tu deuda social era de 48,200 créditos —replicó Valeria, señalando una barra de estado que se desplomaba—. Ahora, la Torre no solo te reclama dinero; te está cobrando en tiempo de vida. Eres combustible desechable para un motor prohibido.

Kaelen miró sus manos, temblando, mientras en el monitor de la pared, el rostro del Comandante Hektor aparecía en una transmisión de alta prioridad, marcando a Chatarra como un objetivo a eliminar. El juego había cambiado: ya no era solo una deuda de créditos, era una cuenta regresiva sobre su propia existencia.

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