Deuda de Sangre y Engranajes
El indicador de deuda en el HUD de 'Chatarra' parpadeaba en un rojo agónico: -48,200 créditos. Cada segundo que el viejo bastidor hidráulico permanecía activo en el Campo de Pruebas, la Torre succionaba una fracción de mi tiempo de vida proyectado. No era solo metal; era mi sangre la que se evaporaba en forma de calor residual. La presión en mis sienes era un recordatorio constante de que, en los niveles inferiores, el oxígeno y la dignidad se pagaban con la misma moneda.
—Vamos, maldita sea, aguanta —gruñí, tirando de la palanca de mando izquierda. El brazo articulado del mech, una pieza remendada con soldaduras de fortuna, se quejó con un chirrido metálico que resonó en todo el sector de desguace. El objetivo estaba ahí, a diez metros: el núcleo de energía de un 'Vanguardia', un modelo de élite destrozado en la última purga corporativa. Si lograba extraerlo antes de que el cronómetro de la zona de exclusión llegara a cero, mi deuda se congelaría por doce horas. Si fallaba, el embargo sería automático. La Torre no permitía activos improductivos.
El sistema de refrigeración de Chatarra colapsó con un rugido sordo. Un chorro de fluido hidráulico hirviendo salpicó el interior de la cabina, quemando mi antebrazo. El dolor fue instantáneo, pero el silencio del motor fue peor. El mech se desplomó como un títere al que le cortan los hilos, enterrando su chasis en la montaña de restos metálicos. La pantalla se volvió negra, dejando solo el zumbido estático de la emergencia.
—¡No! —golpeé el panel, pero la respuesta fue el silencio sepulcral de un sistema muerto.
Salí de la escotilla, mis botas hundiéndose en la ceniza de los niveles inferiores. El aire sabía a ozono quemado. A pocos metros, el zumbido metálico de los drones de recolección de la Torre marcaba un ritmo implacable: tres minutos para el cierre del sector. Si no extraía algo de valor, mi deuda se dispararía un veinte por ciento por incumplimiento de cuota.
—Déjalo, Kaelen. Ese núcleo es una trampa mortal —la voz cortante de Valeria Solís resonó a través de la frecuencia privada. Ella estaba agachada tras una viga de acero, con sus herramientas de diagnóstico brillando en la penumbra—. Si los sensores corporativos detectan que has extraído un componente activo, te reciclarán antes de que puedas decir tu nombre.
Ignoré el aviso. Mis ojos estaban fijos en un destello púrpura incrustado en el bloque de datos del Centurión destruido. No era chatarra estándar. Era un módulo de navegación táctica, una pieza de hardware prohibida que prometía una latencia de respuesta casi nula. Era la llave para transformar a Chatarra en algo que pudiera sobrevivir más allá de este foso. Con un tirón seco, arranqué el módulo. Estaba caliente, pulsando con una energía que no debería existir en este nivel de la Torre.
—Si no lo tomo, moriré de hambre o de un disparo en la espalda antes del próximo turno —gruñí, guardando la pieza bajo mi chaqueta.
El zumbido de las unidades de contención corporativas ya no era un murmullo lejano; era un estruendo metálico que hacía vibrar el suelo. Regresé a la cabina de Chatarra. Valeria estaba allí, con los dedos moviéndose entre los circuitos expuestos del pecho del mech.
—Si no logras que este módulo sincronice en diez segundos, Kaelen, el escuadrón de limpieza nos va a convertir en chatarra de repuesto —espetó ella, sin levantar la vista. Su voz era una navaja afilada por el miedo.
Conecté el módulo al puerto central. Las luces del tablero parpadearon, una, dos veces, antes de estabilizarse en un tono cobalto que nunca antes había visto. El sistema de la Torre comenzó a emitir una alerta de firma energética no autorizada. Estábamos marcados.
—El módulo no es una batería, es una interfaz de navegación —murmuré, sintiendo cómo una corriente fría subía por mi columna vertebral al sincronizarse con los controles—. Necesita una firma energética para despertar. Necesita que el sistema crea que estamos en pleno combate.
Valeria conectó el último puente de cables justo cuando una luz cegadora barrió el sector. Chatarra se sacudió, los servomotores rugiendo con una potencia que hizo que el chasis de metal oxidado se tensara. De repente, el mech se encendió con una luz azul prohibida que no debería existir, inundando la cabina con una claridad sobrenatural mientras los sensores de la Torre comenzaban a fijar su objetivo sobre nosotros.