Chapter 4
El letrero sobre el corredor del mercado no daba la bienvenida; parpadeaba en un rojo agónico: DEUDOR EN OBSERVACIÓN. Julián Varga sentía el zumbido del brazalete de deuda contra su muñeca como una descarga eléctrica constante. Para la Torre, él ya no era un escalador; era una falla sistémica que debía ser purgada. El mercado sectario, un laberinto de cables expuestos y puestos de chatarra, olía a ozono y a la desesperación de quienes habían intentado ascender y fracasaron.
—Anomalía Clasificada —escupió un mercader, barriendo con la mirada el Caminante-04, que permanecía inerte en la bahía de mantenimiento con el núcleo sellado por orden de la oficina de Silas—. Eso ya huele a confiscación, Varga. No te daré ni una celda por ese amasijo de metal muerto.
Julián apretó la mandíbula. Su reputación se había desplomado tras la auditoría; ahora, cada pieza de repuesto costaba el triple y cada puerta se cerraba antes de que él pudiera preguntar. Pero él tenía una ventaja: la llave de acceso. Con un movimiento rápido, arrastró al mercader hacia la sombra de un generador y proyectó un fragmento de datos encriptados. El hombre palideció, su avaricia reemplazada por un miedo reverencial. Julián no vendía talento; vendía la posibilidad de colapsar el piso.
Minutos después, en el taller clandestino de Valeria, el aire era espeso. El temporizador marcaba dieciséis minutos de energía robada. Valeria, con el rostro manchado de grasa y la mirada encendida por una mezcla de terror y fascinación, golpeó el costado de la cabina del Caminante-04.
—Otra vez —ordenó—. La secuencia exacta. No improvises.
Julián, con los dedos entumecidos, ejecutó el comando. El módulo prohibido respondió, pero esta vez no hubo destellos de combate. La pantalla proyectó una cascada de datos que no buscaban optimizar la potencia, sino desmantelar los protocolos de seguridad del nivel. Valeria se quedó inmóvil, observando cómo la estructura del piso se desdibujaba en el monitor.
—Esto no es una mejora, Julián —susurró ella, su voz apenas un hilo—. Es una llave maestra. Si esto llega a los registros de Silas, no solo nos confiscarán el mech; nos borrarán del sistema.
Antes de que Julián pudiera procesar el peso de esas palabras, el taller vibró. Un estruendo metálico sacudió la plataforma y el neón del sector se tornó de un blanco clínico. Un favorito de la élite, respaldado por una escuadra de centinelas de la Torre, bloqueaba el corredor de ascenso. Su mech, pulido hasta el brillo especular, era la antítesis del Caminante-04.
—Varga —la voz del escalador retumbó por los altavoces, amplificada por el sistema público—. Has tenido suerte, pero la Torre no tolera anomalías. Te desafío. Un duelo de escalada. El perdedor entrega su acceso al siguiente nivel y su mech al desguace.
El silencio que siguió fue absoluto. Silas observaba desde una pantalla en lo alto, con una sonrisa seca que prometía una purga total. Julián miró a Valeria, cuya mano temblaba sobre el puente de energía. Había aceptado el desafío antes de que el favorito terminara de hablar. La red del sector comenzó a latir con una frecuencia inusual; la Torre había detectado la anomalía y, por primera vez, el camino hacia arriba no era una escalera, sino un precipicio.