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Chapter 3: The Price of Advancement

Julián Varga utiliza el módulo prohibido para estabilizar su mech durante una auditoría forzada, logrando una victoria pública contra un favorito de la élite. Sin embargo, la intervención del Comandante Silas escala la presión: el módulo resulta ser una llave de acceso a datos prohibidos que pone en peligro la estabilidad del piso, dejando a Julián bajo observación directa y con una auditoría total inminente.

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The Price of Advancement

La alarma de tasación no era un sonido; era un taladro que perforaba el cráneo de Julián. El hangar del Sector 4, habitualmente un cementerio de metal oxidado, vibraba bajo la frecuencia de la auditoría forzada. En la pantalla del Gremio, el perfil de Julián Varga ardía en rojo: Núcleo inoperativo. Orden de confiscación: Comandante Silas.

—Veinticinco segundos, Varga —la voz del operador, un eco metálico sin rostro, retumbó en el intercomunicador—. Si el Caminante-04 no se presenta en la plataforma de desguace, el Gremio autorizará la purga remota.

Julián sintió el calor del motor filtrándose por el asiento. A sus pies, Valeria Solís, con el rostro manchado de hollín y los ojos inyectados en sangre por el esfuerzo, ajustaba un cable de fibra óptica directamente al procesador central.

—Si inyecto el código del módulo ahora, el sistema lo reconocerá como una optimización de clase alta, pero drenará toda la red del sector —advirtió ella, sin dejar de trabajar—. Nos van a rastrear hasta el último tornillo. Silas no es estúpido, Julián.

—Si no lo hacemos, mañana seremos chatarra en el vertedero —respondió él, apretando los mandos—. Hazlo.

Valeria conectó el puente. El Caminante-04 emitió un rugido armónico, un sonido que no pertenecía a un mech de desguace. La pantalla de auditoría parpadeó. Los datos, manipulados por el módulo prohibido, engañaron a los sensores: la inoperatividad desapareció, reemplazada por una etiqueta de Anomalía Clasificada. El hangar quedó en un silencio sepulcral. Los otros escaladores, acostumbrados a ver cómo el sistema devoraba a los débiles, observaban con incredulidad cómo el mech de Julián se estabilizaba con una eficiencia letal.

Pero la victoria fue un espejismo. La compuerta hidráulica se abrió con un estruendo, y la luz blanca de la élite inundó el hangar. El Comandante Silas apareció en la pantalla central, su rostro inmutable, una máscara de autoridad que ocultaba la fragilidad de su control. A su lado, un frame de torneo —blanco, pulido, diseñado para la humillación pública— descendió por la rampa.

—Validación pública —anunció la voz sintética del sistema—. El favorito de la élite desafía la anomalía.

El favorito no esperó. Disparó una ráfaga de proyectiles de precisión que obligaron a Julián a bailar sobre el suelo aceitoso. Cada esquiva era un gasto energético que le costaba años de reputación. Julián no atacó; atrajo al rival hacia el borde del sensor, donde la red era más inestable. Cuando el favorito se confió, Julián activó el módulo. El Caminante-04 se movió con una fluidez imposible, sobrecargando los sistemas del rival hasta que el frame blanco colapsó contra la barrera de contención.

El público estalló, pero el panel de la Torre se encendió de inmediato. Silas no aceptó la derrota; exigió una auditoría de tercera capa.

—Julián, mira esto —susurró Valeria, con el rostro pálido mientras leía los datos que el módulo había extraído durante el combate—. Esto no es una mejora. Es una llave de acceso. Si Silas analiza esto, colapsaremos el piso entero.

En la pantalla, Silas fijó su mirada en el mech de Julián. La victoria era pública, pero el suelo bajo sus pies se había vuelto insostenible. La verdadera escalada acababa de empezar.

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