The Visible Gain
El mercado sectario de los niveles inferiores de la Torre apestaba a ozono y a desesperación reciclada. Julián Varga apretaba los nudillos contra el chasis frío del Caminante-04, sintiendo cómo el reloj de su implante de deuda, proyectado sobre su retina, parpadeaba en un rojo agónico: 21:04:12 para el desguace forzoso.
—Es basura, Varga —escupió el tasador del Gremio, un hombre con implantes oculares que brillaban con una luz clínica y desalmada—. Un núcleo marcado por la oficina de Silas. No vale ni el peso del acero que lo sostiene.
Alrededor, los carroñeros observaban con la impaciencia de los buitres. Para ellos, el Caminante-04 era solo una carcasa a punto de ser subastada por piezas. Valeria Solís, a su lado, mantenía una mano firme sobre el panel de acceso, sus dedos ocultando el módulo prohibido que acababa de instalar. Su mirada era una advertencia silenciosa: si Julián cedía ahora, ambos terminarían en la planta de reciclaje.
—No es basura —respondió Julián, su voz cortando el murmullo con una calma peligrosa—. Es una reliquia. Y si el Gremio quiere mi garantía, la tendrá.
Julián sacó un fragmento de aleación de memoria, un recuerdo de su padre que debería haber permanecido enterrado. El tasador se quedó inmóvil, los sensores de su rostro enfocando el objeto con codicia. El mercado se sumió en un silencio tenso. La debilidad de Julián era un hecho público, pero el valor de su apuesta acababa de obligar al Gremio a abrir la puerta del campo de pruebas, aunque solo fuera para ver cómo se estrellaba.
Dentro del hangar, el cronómetro marcaba 17:12:08. El Caminante-04 gimió cuando Valeria conectó el módulo. El mech, que hasta hacía un momento parecía un cadáver metálico, vibró con una frecuencia antinatural. La red pública que alimentaba el sector inferior titiló, las luces del hangar parpadearon y el Caminante-04 vomitó chispas azules por la junta del hombro.
—Tu firma sigue muerta en el sistema —dijo Valeria, con la voz tensa por el esfuerzo—. Si tocamos más la malla pública, Silas va a olerlo desde su torre.
—Que huela —respondió Julián, mirando el mensaje rojo en su visor: Núcleo inoperativo. —Si no lo levantamos, no hay nada que olar.
Valeria giró el módulo prohibido entre sus dedos manchados de grasa. —Esto no es una reparación, Julián. Es una usurpación. Si despierta, no va a pedir permiso.
Ella conectó el último puente. En un instante, el Caminante-04 se enderezó. El servo principal, antes bloqueado, emitió un zumbido armónico. La articulación de la cadera, que arrastraba desde hacía meses, se ajustó con una precisión letal. Pero el costo fue inmediato: la red pública del sector sufrió un bajón de tensión, y en las pantallas del hangar, el nombre de Julián Varga comenzó a brillar con un aura de alerta naranja. El mech ya vivía, pero cada segundo de su funcionamiento estaba dejando una huella digital que la Torre no tardaría en rastrear.
Julián subió a la cabina. Apenas se cerró la compuerta, el campo de rendimiento se abrió ante él. El objetivo: una serie de centinelas de acero pesado diseñados para medir obediencia, no improvisación. Los evaluadores del Gremio observaban desde una plataforma superior, esperando el fallo inevitable.
Julián no esperó a que el sistema le dictara el patrón. Cuando el primer centinela cargó, el Caminante-04 se movió con una fluidez que no pertenecía a su clase. Julián ejecutó una finta lateral que rompió el algoritmo de los sensores del enemigo, aprovechando el exceso de energía que el módulo prohibido drenaba de la red pública. El impacto fue brutal; el centinela salió despedido contra el muro de contención, dejando un rastro de chatarra humeante.
La multitud en las gradas, hasta entonces apática, estalló en un murmullo de incredulidad. Julián no se detuvo. Cada movimiento del Caminante-04 era una bofetada al sistema. Pero mientras el mech se imponía, la pantalla pública empezó a arder. El sistema de la Torre, detectando la anomalía, comenzó a forzar una sobrecarga en el núcleo de Julián para obligarlo a detenerse.
—¡Cuidado! —gritó Valeria por el canal privado—. ¡Están drenando tu energía de vuelta!
Julián vio cómo el medidor de carga del mech caía en picado, pero el módulo prohibido rugió, succionando energía de forma agresiva directamente de la red del sector. El Caminante-04 se iluminó con una luz cegadora. Julián sintió el poder recorriendo cada cable, una potencia que le quemaba las manos, pero que le daba el control absoluto.
En la pantalla principal, la imagen de su mech se amplió ante miles de espectadores. El Comandante Silas, sentado en su despacho, fijó su mirada en el monitor. Sus ojos, fríos y calculadores, se entrecerraron al ver la firma energética del Caminante-04. La Torre acababa de notarlo, y Julián supo que la próxima respuesta no sería una prueba administrativa, sino una purga.