El renacimiento de metal
El aire en el hangar de desguace del Sector 11 sabía a ozono y metal quemado, un sabor amargo que Mateo sentía en la parte posterior de su garganta. A sus pies, el chasis Titán, una reliquia de guerra abandonada y cubierta de polvo, vibraba con una frecuencia antinatural. El núcleo prototipo, incrustado en el pecho del gigante, emitía un zumbido sordo que le taladraba los oídos.
—Si no cierras el bucle ahora, el estallido neuronal te dejará como un vegetal antes de que los drones de Harken atraviesen esa puerta —la voz de Valeria sonaba cortante, desprovista de cualquier consuelo. Ella ajustaba los cables de interfaz con manos temblorosas, mientras el ruido metálico de las cortadoras láser del Comando de Seguridad empezaba a devorar la entrada del hangar.
Mateo apretó los dientes. El dolor era una descarga constante, un río de agujas recorriendo su médula espinal cada vez que intentaba forzar la conexión. El Titán no era un mech civil; era una máquina diseñada para la guerra total, y su sistema nervioso rechazaba la intrusión de un piloto sin la calibración corporativa estándar. Pero Mateo no tenía tiempo para calibraciones. Con un grito sordo, aceptó la agonía, convirtiendo su angustia en la energía necesaria para soldar su consciencia al núcleo. El chasis Titán abrió sus ojos ópticos, bañando el hangar en una luz azul inestable que hizo vibrar las paredes.
El hangar 11-B gimió bajo el peso de la bestia. Cuando los drones de élite de Harken irrumpieron finalmente, sus escudos de energía zumbando con una letalidad estéril, se encontraron con una mole de acero que ya no era una chatarra, sino una extensión de los músculos de Mateo. El primer dron disparó un pulso de plasma que impactó contra el brazo izquierdo del Titán. Mateo sintió el golpe en su propio hombro, pero en lugar de flaquear, utilizó la inercia del impacto para activar los campos magnéticos de sus botas. Con una maniobra que desafiaba la física de un mech de su clase, el Titán escaló la pared vertical del hangar, emboscando a los drones desde el techo. Los restos humeantes de las máquinas corporativas cubrieron el suelo en segundos.
—¡Mateo, la firma de energía es demasiado alta! —advirtió Valeria—. Si no la ocultas, Harken sabrá exactamente dónde estás.
Mateo no respondió. Su sistema nervioso estaba al límite, pero su visión se aclaró. Hackeó una pantalla de publicidad gigante en el sector, proyectando la imagen del Titán en plena purga. Toda la Torre pudo ver a la máquina no autorizada, un símbolo de rebelión que obligaba a la corporación a reconocer su existencia. La firma de energía se volvió tan inestable que los sensores de toda la Torre comenzaron a emitir alertas rojas.
Harken, viendo que no podía contener a Mateo con drones, decidió subir la apuesta. La transmisión pública se cortó, reemplazada por la imagen del comandante subiéndose a su propio mech experimental, un modelo de combate de alto nivel.
—Vega, tu juego de desguace termina aquí —la voz de Harken resonó en cada rincón del nivel—. Te desafío a un duelo en la Plaza Central. Si sobrevives, serás una leyenda; si caes, serás solo el eco de un fallo en el sistema.
Mateo, con el Titán rugiendo con una potencia que hacía temblar la estructura misma de la Torre, se lanzó hacia la plaza. Sabía que cada segundo de pelea drenaba su vida, pero el siguiente nivel de la escalera estaba frente a él, y no había vuelta atrás.