Cacería en el nivel intermedio
El zumbido del motor del Centinela se había extinguido, dejando tras de sí un silencio metálico que resonaba en los pulmones de Mateo como una sentencia de muerte. El aire en los niveles de mantenimiento industrial estaba cargado de ozono y el olor acre de los cables chamuscados. Mateo se arrastró por el conducto de ventilación, con la sangre goteando desde una brecha en su hombro hasta el acero frío. Cada movimiento era una puñalada neuronal; la sincronización forzada con el prototipo le había dejado una estela de dolor fantasma que le nublaba la visión.
Abajo, el caos era un rugido distante. La filtración sobre el asesinato de su padre no había sido un simple dato; era una grieta en la narrativa de Harken. A través de las rejillas, Mateo vio cómo los ciudadanos del Sector 11, antes sumisos, ahora volcaban contenedores de carga para bloquear el paso de los drones de seguridad. Un grupo de obreros, armados solo con sopletes de corte y desesperación, rodeó a un centinela corporativo, desguazándolo pieza a pieza mientras gritaban el nombre de su padre. La resistencia no era un ideal, era una necesidad táctica.
Mateo alcanzó una bifurcación y extrajo el emisor de ruido blanco que Valeria le había entregado antes de la purga. Sus dedos temblaban, pero su voluntad estaba fijada en el objetivo: el hangar de desguace. Activó el dispositivo. Un chirrido estridente inundó la frecuencia de los sensores de proximidad de la Torre, creando un espectro de interferencia que los drones interpretarían como una falla masiva en la red local.
—Muévanse, maldita sea —susurró Mateo, forzando sus piernas para descender por una escalera de servicio hasta el nivel de carga.
La táctica funcionó. Los drones, desorientados por el ruido blanco, giraron en círculos erráticos, chocando unos contra otros en un baile desordenado de chispas. Mateo se deslizó por el suelo, ignorando el dolor punzante en sus costillas, y llegó a la pesada compuerta blindada del hangar. Allí, en la penumbra del almacén, sabía que descansaba el armazón básico de un modelo 'Titán' de segunda mano, su única oportunidad de no ser ejecutado en el acto.
Se abalanzó sobre el panel de acceso, esperando ver la luz verde de la autorización. En su lugar, el escáner proyectó una luz carmesí agresiva. Un mensaje parpadeó en la pantalla táctil: PROTOCOLO DE SEGURIDAD NIVEL 5: SE REQUIERE FIRMA BIOMÉTRICA DE COMANDO.
La puerta estaba sellada. Harken no solo estaba cazándolo; había bloqueado el acceso a sus recursos. Mateo golpeó el metal con frustración, justo cuando el zumbido de los drones se detuvo abruptamente. El ruido blanco había cesado, y el silencio que lo reemplazó fue mucho más aterrador. Las luces del pasillo se encendieron con una intensidad quirúrgica. Tres drones de élite, equipados con cañones de pulso, giraron la esquina y fijaron sus miras láser directamente en su pecho.
—Vega, tu pequeña exhibición terminó —la voz de Harken resonó por los altavoces del sector, fría y autoritaria—. El sector está sellado. No hay rutas de salida, solo una ejecución pública que los ciudadanos del nivel medio verán en alta definición. Entrégate o serás reducido a chatarra fina.
Mateo no respondió. Apretó los dientes, ignorando el sabor metálico de la sangre en su boca, y forzó el núcleo prototipo —la pieza que Valeria le había confiado— dentro de la cavidad del chasis del Titán. El metal crujió, quejándose bajo la presión de una energía que no estaba diseñada para contener. Al conectar los cables de interfaz, un relámpago de datos crudos le atravesó el cráneo. Era una agonía exquisita; el sistema nervioso del mech intentaba fundirse con el suyo, reclamando su voluntad como combustible.
—Adelante —rugió Mateo, desafiando a la máquina y a su propio cuerpo—. Hazme pedazos si quieres, pero no me dejes aquí.
La sincronización se completó con un estallido de energía azulada que hizo vibrar el suelo del hangar. Los ojos ópticos del chasis, antes apagados y muertos, cobraron vida con una intensidad no autorizada, un brillo violeta que desafiaba los protocolos de la Torre. El metal, antes oxidado, pareció tensarse con una vitalidad renovada. Al levantarse, el Titán hizo temblar la estructura, emitiendo una firma de energía tan potente que los sensores de la Torre comenzaron a pitar en error. La cacería había cambiado de dueño.