El precio de la exposición
La pantalla de la plaza central del Sector 11 murió con un chasquido eléctrico, dejando un vacío negro donde, un segundo antes, el rostro de Harken se desmoronaba bajo el peso de su propia confesión. El silencio que siguió fue absoluto, un instante de shock colectivo antes de que el Sector 11 rugiera. No era el grito de pánico de las ratas de alcantarilla; era el rugido de una rabia acumulada durante décadas, un sonido que vibraba en los cimientos de la Torre.
Dentro del Centinela, Mateo Vega no escuchaba nada. Sus oídos pitaban con un zumbido agudo, secuela de la sobrecarga neuronal que acababa de forzar para hackear el nodo central. El mech, un armatoste de chatarra reforzada, gemía bajo el peso de su propio sistema de refrigeración, que escupía vapor hirviente contra la visera agrietada.
—¡Mateo! —La voz de Valeria irrumpió en su enlace, distorsionada por la estática—. El protocolo de purga está activo. Harken ha bloqueado todas las salidas del nivel. Tienes menos de noventa segundos antes de que el kill-switch termine de carbonizar tus sinapsis.
Mateo intentó mover el brazo derecho. El sistema respondió con un espasmo violento y el miembro se desplomó, inerte. La conexión neuronal, esa simbiosis prohibida entre su sistema nervioso y la chatarra, le devolvía un dolor punzante, como agujas al rojo vivo en la base del cráneo.
—Lo logramos, Valeria —gruñó, saboreando el gusto a cobre en su lengua—. La verdad está afuera. Ya no pueden esconder el sabotaje del Sector Bajo.
—La verdad no te va a salvar de los drones de élite que vienen en camino —replicó ella, su tono cortante ocultando apenas el terror—. Desvío la señal hacia el bloque comercial para ganar tiempo. Muévete, o morirás sentado en ese ataúd de acero.
Mateo forzó los servomotores. El Centinela dio un paso torpe, sus pies mecánicos aplastando escombros. Afuera, en las calles, la gente comenzaba a levantarse. Trabajadores con los rostros tiznados miraban hacia las pantallas apagadas y luego, con una sincronía aterradora, hacia las torres de vigilancia de Harken. La mecha estaba encendida.
Sin embargo, el indicador de energía parpadeó en rojo crítico. La batería se drenaba a una velocidad antinatural. Mateo sintió una vibración sorda en el chasis: el kill-switch residual. La Torre no solo quería borrar la evidencia, quería borrar al testigo.
Al llegar a los conductos industriales, el Centinela fue recibido por una ráfaga de proyectiles cinéticos. El impacto sacudió el cockpit, enviando una lluvia de chispas hacia el rostro de Mateo. Las unidades de élite de Harken no estaban negociando; estaban barriendo el sector con precisión quirúrgica. Mateo se atrincheró en un pasillo estrecho, el único lugar donde el tamaño del mech le daba una ventaja táctica momentánea.
—Valeria, no puedo avanzar más —dijo Mateo, sintiendo cómo sus manos temblaban contra los mandos—. El sistema está bloqueado. Si intento forzar la marcha, el núcleo explotará.
—Entonces úsalo —la voz de Valeria fue un susurro eléctrico—. Sobrecarga el brazo izquierdo. Crea un pulso electromagnético. No destruirá a los drones, pero los dejará ciegos lo suficiente para que salgas a pie.
—Si hago eso, el Centinela quedará como chatarra inservible. Es todo lo que tengo.
—Es mejor estar vivo y a pie que ser un héroe incinerado dentro de una lata, Mateo.
Mateo cerró los ojos, visualizando el esquema del prototipo que Valeria había integrado en su sistema nervioso. Era una tecnología que no debería existir, una firma de energía que se sentía como fuego bajo su piel. Con un grito ahogado, arrancó el puenteo manual. El brazo izquierdo del Centinela se iluminó con una luz azul cegadora antes de estallar en una descarga de estática pura. El pulso barrió el pasillo, apagando las ópticas de los drones que se acercaban.
El silencio volvió a reinar, pero ahora era el silencio de la derrota técnica. El Centinela se apagó por completo, dejando a Mateo en una penumbra asfixiante. El kill-switch había cumplido su función: el chasis era ahora una tumba de metal inerte.
Mateo salió de la cabina, cayendo sobre el pavimento frío. Estaba herido, con la piel irritada por la sobrecarga y el cuerpo agotado. A lo lejos, el sonido de más drones acercándose era un zumbido constante, como un enjambre de avispas metálicas.
—'Chatarra' Vega —la voz de Harken resonó por los altavoces de todo el sector, distorsionada por la arrogancia del poder—. Has intentado manchar la dignidad de la Torre con tus mentiras. Tu padre no fue un mártir; fue un error de cálculo que voy a corregir ahora mismo.
Mateo se puso en pie, apoyándose contra los restos humeantes de su mech. Estaba rodeado. Los drones de seguridad de Harken, ahora reiniciados, descendían sobre el callejón con sus cañones de pulso girando.
—No son mentiras, Harken —gruñó Mateo, mirando directamente a la lente de una cámara de vigilancia cercana, sabiendo que la ciudad entera seguía mirando—. La Torre no es un ascenso. Es un matadero.
En ese momento, la señal de la transmisión, que Valeria había logrado mantener por un hilo, se cortó abruptamente, justo cuando Mateo revelaba el secreto más oscuro del primer nivel. El vacío en las pantallas fue total. Mateo estaba solo, herido y sin mech, rodeado por los drones que empezaban a cerrar el círculo.