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Chapter 4: El costo del metal

Mateo intenta reparar el Centinela tras su victoria en el piso 10, pero es vetado por los proveedores de chatarra debido a la recompensa de Harken. Con la ayuda de Valeria, descubre que su mech tiene un 'kill-switch' letal. Decidido a sobrevivir, Mateo roba piezas de un depósito corporativo durante una transmisión en vivo, solo para descubrir que el componente es una trampa diseñada para activar su ejecución neuronal.

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El costo del metal

El zumbido del Centinela ya no era un ronroneo mecánico; era un quejido agónico que resonaba en la base del cráneo de Mateo. Cada vibración de la chatarra mal soldada se traducía en una descarga eléctrica que le recorría la columna, un recordatorio físico de que el módulo prototipo estaba devorando algo más que energía: estaba consumiendo su sistema nervioso.

Mateo aterrizó el mech en el patio de desguace del Sector Bajo, levantando una nube de polvo gris. Apenas las compuertas se abrieron, el silencio fue absoluto. Los chatarreros, que días atrás le habrían ofrecido herramientas a crédito, retrocedieron como si el metal del Centinela estuviera infectado.

—Fuera, Vega —escupió el viejo Tacho, el principal proveedor de piezas. Sus ojos no miraban a Mateo, sino a la pantalla de vigilancia pública suspendida sobre el mercado: Nivel 4 de Amenaza. Recompensa corporativa activa.

—Necesito el actuador hidráulico de clase B. Tengo los créditos —dijo Mateo, bajando de la cabina con las piernas temblando. El dolor en sus sienes era un martillo constante.

Tacho pateó el saco de monedas que Mateo lanzó al suelo. —No es el dinero. Harken ha prometido la cabeza de quien te venda un solo tornillo. No voy a ver mi taller reducido a cenizas por un muerto en vida que se cree héroe de la Torre.

El sistema lo había cerrado. La fama era una sentencia de muerte y el mercado negro, su única red de seguridad, se había vuelto un muro de hormigón. Sin esas piezas, la inestabilidad neuronal lo dejaría incapacitado antes de que terminara la jornada.

En el taller clandestino de Valeria, el aire olía a ozono. Ella estaba agachada bajo el chasis, con las manos manchadas de fluido refrigerante corrosivo. El cronómetro en la pared marcaba menos de dos horas para que la zona de purga del piso 11 se activara.

—Si no sellamos esta fisura, la retroalimentación te freirá los nervios —dijo ella, sin levantar la vista—. He intentado usar los restos de los guardianes del décimo piso para forjar una aleación, pero el módulo está rechazando el metal. Es como si el prototipo estuviera devorando la energía de cualquier pieza que intento soldar.

Mateo apoyó la frente contra la consola, sintiendo el frío del acero. —¿Qué pasa con el interruptor de seguridad que Harken dejó en el sistema de fábrica?

Valeria se detuvo. —No es solo un interruptor, Mateo. Es un kill-switch de retroalimentación. Si intentamos desconectarlo, el mech enviará una descarga de alta tensión a tu columna. Harken no quiere que el Centinela sea destruido; quiere que tú seas el conductor de tu propia ejecución.

La única opción eran componentes de grado militar, piezas imposibles de conseguir legalmente. Piezas que solo se encontraban en el depósito de suministros corporativos, una zona blindada y vigilada por drones de élite.

—Entonces vamos a robarlo. En vivo —sentenció Mateo.

La transmisión de alta tensión comenzó minutos después. Mateo, con el Centinela cojeando hacia el depósito, sabía que cada uno de sus movimientos era capturado por las cámaras de la Torre. En la pantalla gigante que dominaba la plaza central, su rostro, desencajado y sudoroso, se transmitía en vivo. Los ciudadanos, desde sus balcones, señalaban con desdén: el ascenso de un paria capturado en 4K.

—¡Maldita sea! —rugió Mateo, ignorando la sangre que brotaba de su nariz mientras la sincronización neuronal le causaba espasmos. Forcejeó con la cerradura electromagnética del depósito. Un rayo láser de un dron de seguridad calcinó el suelo a centímetros de sus pies.

Forzó el código con un puente improvisado. La puerta siseó al abrirse. Dentro, el prototipo del núcleo gravitatorio emitía un pulso inestable. Al conectar los cables, el mech soltó un zumbido agónico que hizo vibrar el suelo. Era una trampa, una pieza inútil de tecnología corporativa diseñada para atraer a los desesperados.

Afuera, la voz fría de Harken resonó en la plaza, amplificada por los altavoces de la Torre: «El Centinela ha sido marcado como amenaza nivel Omega. Procedan con la purga del sector».

Mateo sintió el latigazo neuronal recorriéndole la columna. Mientras los drones de seguridad convergían sobre él, una notificación roja parpadeó en su HUD: Protocolo de Seguridad Harken: Kill-switch activado. Tiempo restante para la desconexión neuronal: 300 segundos.

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