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Chapter 3: Ascenso bajo la mirada pública

Mateo sobrevive a la purga de oxígeno en el piso 10 mediante una sobrecarga neuronal del prototipo, derrotando a los guardianes de Harken y ganando visibilidad pública. La victoria, sin embargo, lo marca como objetivo de una zona de purga en el piso 11, dejándolo sin suministros y forzado a robar piezas bajo vigilancia.

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Ascenso bajo la mirada pública

El zumbido del Centinela ya no era un sonido mecánico; era un pulso que latía en las sienes de Mateo, una vibración eléctrica que le recorría la médula espinal como agujas de hielo. Al entrar en el piso 10, la luz estéril de la Torre de Acero le golpeó los ojos, seguida por el rugido ensordecedor de miles de espectadores en los niveles inferiores. La pantalla gigante sobre la arena mostraba su rostro, desencajado por el dolor pero firme, con la etiqueta de «Chatarra» parpadeando en rojo, justo al lado de la recompensa que Harken había puesto por su núcleo.

—Atención, piloto Vega —la voz de Harken resonó por los altavoces, fría y desprovista de humanidad—. Tu insistencia en utilizar tecnología no autorizada ha sido catalogada como una amenaza sistémica. Procedemos a la purga de residuos.

Antes de que Mateo pudiera responder, el siseo metálico de las compuertas de ventilación sellándose cortó el aire. La Torre estaba succionando el oxígeno del sector para forzar su desmayo, una ejecución pública diseñada para evitar el estigma de un asesinato directo. El monitor de soporte vital parpadeó en rojo: 4% de oxígeno. Afuera, en las pantallas, su rostro demacrado era el centro de un espectáculo de entretenimiento para los olvidados.

—Mateo, Harken cerró los conductos. Si no extraes energía de las trampas de proximidad ahora, tu corazón se detendrá antes de que el cronómetro llegue a cero —la voz de Valeria chisporroteaba en el canal privado.

Mateo apretó los dientes, sintiendo cómo los filamentos del prototipo, fusionados con su columna, vibraban con cada latido. Su visión se fragmentaba en píxeles de dolor.

—Dime cómo hacerlo, Val —gruñó, forzando sus manos hacia la consola central. Su cuerpo respondió con un espasmo violento; la sincronización neuronal no era una conexión, era una invasión.

—Redirige el núcleo hacia el puerto de carga de emergencia. Vas a sentir como si te arrancaran los nervios, pero es la única forma de sobrecargar el sistema sin que el chasis se desintegre.

Mateo desconectó los limitadores. El dolor fue un latigazo blanco, pero el Centinela cobró vida, sus servomotores rugiendo con una firma de energía no registrada que hizo que los técnicos de la Torre, a kilómetros de distancia, se pusieran en pie, atónitos. Frente a él, tres Guardianes de Harken —modelos 'Vanguardia' de chasis reluciente— cerraron el cerco.

—Entrega el núcleo o serás desmantelado en directo —sentenció el líder de los guardianes.

Mateo no respondió con palabras. El Centinela se lanzó hacia adelante, no con la torpeza de un mech de desguace, sino con una danza errática y letal. Cuando el primer Guardián disparó su cañón de plasma, Mateo desvió el impacto con una inclinación precisa del hombro, absorbiendo la energía residual. El público estalló en un rugido eléctrico; el chat del sistema, antes lleno de insultos, se inundó de asombro. Mateo Vega, el desecho, era ahora una amenaza de Nivel 4.

Tras desmantelar a los guardianes en una exhibición de brutalidad técnica, Mateo apagó los propulsores, desplomándose sobre el asiento del cockpit. El aire en la plataforma de transferencia sabía a ozono y a victoria amarga. Valeria emergió de las sombras del soporte técnico, su rostro una máscara de urgencia fría.

—Si vuelves a forzar el módulo así, tu sistema nervioso se carbonizará antes de que lleguemos al piso 15 —advirtió, revisando los niveles de temperatura del núcleo.

Mateo escupió sangre, manchando el metal.

—Mejor eso que morir asfixiado. ¿Qué dicen las pantallas?

Valeria señaló hacia arriba. Las pantallas de la Torre se tiñeron de rojo corporativo. El rostro de Harken ocupaba todo el espacio, con la autoridad de quien dicta una sentencia de muerte: «Piloto Vega. El uso de hardware no registrado es un crimen capital. El sector 11 no es una prueba de ascenso, es una zona de purga. El Centinela será desmantelado».

Mateo sintió el peso de la trampa. No solo debía subir; ahora debía sobrevivir a un duelo de eliminación contra un cazador de élite. Y lo peor: los proveedores, intimidados por el anuncio, le negaban cualquier pieza de repuesto. Para sobrevivir al siguiente escalón, no bastaba con pelear; tendría que robar el equipo necesario bajo la mirada de toda la Torre.

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