La firma de la discordia
El zumbido del Centinela no era un sonido mecánico; era un lamento que vibraba en los huesos de Mateo. Dentro de la cabina, el aire olía a ozono y a sudor frío. El módulo prototipo, incrustado en el puerto de interfaz como un parásito de metal negro, palpitaba al ritmo de su propio corazón. Cada vez que el motor exigía potencia, una descarga de estática le recorría la columna vertebral, recordándole que la tecnología de élite no estaba diseñada para un cuerpo de desguace.
—Si no cierras el bucle de retroalimentación en cinco segundos, el chasis se va a fundir —la voz de Valeria cortó la estática desde la consola externa. Sus manos se movían con una precisión quirúrgica entre los cables expuestos del taller. —Mateo, esto no es una mejora. Es una invasión. Tu sistema nervioso está intentando procesar datos que la Torre ni siquiera admite que existen.
Mateo apretó los controles hasta que sus nudillos se tornaron blancos. La sangre le goteaba de la nariz, manchando el panel de control. No podía permitirse el lujo de la cautela. Afuera, en el Sector 4, los drones de vigilancia de Harken patrullaban con sus haces de luz azul, buscando la firma de energía inestable que el Centinela emitía ahora como una baliza.
—Hazlo —gruñó Mateo. La deuda de su familia pesaba más que el dolor. Cada segundo que pasaba sin ascender en el ranking era un paso más hacia la ejecución pública de su apellido.
Valeria conectó el último puente. El dolor fue una explosión blanca, pero el resultado fue inmediato. El Centinela dejó de vibrar erráticamente. Los actuadores, antes oxidados y lentos, se tensaron con una fluidez depredadora. Mateo movió el brazo del mech; la respuesta fue instantánea, una extensión de su propia voluntad. En el simulador de baja latencia, ejecutó una maniobra de esquiva que habría destrozado cualquier otro modelo de clase baja. La potencia era embriagadora, pero el costo era una punzada constante en la base de su cráneo.
—Sincronización al 80% —susurró Valeria, con los ojos fijos en los monitores—. Lo que diseñé hace años... no era para humanos. Era para romper la Torre desde adentro.
Antes de que Mateo pudiera responder, la frecuencia de radio del sector estalló. La pantalla pública de la ciudad, visible a través de la grieta en el muro del taller, se encendió con la imagen gélida del Comandante Harken. Su rostro, proyectado sobre los edificios, dominaba el horizonte.
—El piloto conocido como 'Chatarra' ha operado tecnología no autorizada —anunció Harken. Su voz, amplificada por la infraestructura de la Torre, resonó en cada rincón del Sector 4—. El Centinela ha sido marcado como desecho peligroso. Cualquier escalador que entregue el núcleo de energía de esta unidad recibirá una recompensa de nivel corporativo. La cacería comienza ahora.
Mateo sintió el peso de mil ojos invisibles sobre él. El éxito de su mejora no le había comprado libertad, sino una sentencia de muerte. El módulo prototipo, ahora fusionado con su médula espinal, pulsó con una intensidad que lo dejó al borde del desmayo. Se puso en pie, con la mirada ardiendo, mientras la Torre anunciaba el inicio de un nuevo nivel de dificultad, diseñado específicamente para borrar su existencia.
La pantalla parpadeó. Un nuevo desafío aparecía en el ranking: un rival de élite, un 'Cazador' de la corporación, había sido desplegado en el nivel inferior. La cacería no sería una espera; sería un asedio.