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Chapter 1: Chatarra de primera clase

Mateo Vega, un piloto de desguace al borde de la quiebra, sobrevive a una inspección saboteada por el Comandante Harken al instalar un módulo prototipo robado en su mech, el 'Centinela'. La maniobra le otorga una ventaja táctica inesperada durante una prueba pública, obligando a la Torre a reconocer su supervivencia y revelando el potencial de su nueva interfaz neuronal.

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Chatarra de primera clase

El Centinela no era un mech; era un ataúd con patas que vibraba al ritmo de un motor agonizante. Mateo Vega apretó los dientes mientras el chasis de metal oxidado crujía, un sonido que le taladraba el cráneo. Estaba en la bahía de mantenimiento del Sector 0, el vertedero donde la Torre desechaba lo que ya no servía.

El Comandante Harken caminaba alrededor de la unidad con una parsimonia que era, en sí misma, una sentencia de muerte. Su bota pulida golpeó una placa abollada del Centinela.

—Tu núcleo de presión es una vergüenza, Vega —dijo Harken, sin mirar a Mateo, sino a la cámara de transmisión que flotaba sobre ellos—. Si esta recalibración falla, el protocolo es claro: desguace inmediato. Por la seguridad del sector, por supuesto.

Mateo sintió el peso de la mirada de miles de espectadores en los niveles superiores. En la Torre, si no eras visto, no existías; y si eras visto como un fracaso, eras combustible. Harken había aflojado los sellos de presión deliberadamente. En el panel de diagnóstico, las alertas parpadeaban en un rojo violento: Descompresión inminente.

—Aparta las manos, Harken —gruñó Mateo. Su voz no tembló, aunque el sudor le escocía los ojos.

El comandante se retiró con una sonrisa depredadora. Mateo se lanzó a la cabina, ignorando el hedor a ozono y aceite quemado. Con un movimiento aprendido en años de miseria, puenteó los limitadores de seguridad. El motor rugió, una protesta metálica que sacudió los cimientos. El Centinela cobró vida, pero el indicador de energía seguía cayendo en picada.

Mateo forzó la marcha hacia el Campo de Pruebas. La inestabilidad era un grito constante en sus oídos. En la arena, los restos de un mech de élite humeaban tras un colapso estructural. Mateo no perdió un segundo. Saltó de su cabina y se arrastró hasta el pecho del coloso caído.

—Si no sincronizas ese núcleo ahora, nos convertirán en chatarra —la voz de Valeria, su única aliada, cortó la estática de su comunicador—. Harken está rastreando nuestra firma. Si no detectan un flujo estable en sesenta segundos, enviarán a los drones de recuperación.

Mateo arrancó un módulo prototipo del pecho del mech destruido. Era una espina dorsal de fibra óptica que palpitaba con una luz azulada, casi orgánica. Al insertarla en el puerto de su unidad, el dolor fue inmediato. No fue una descarga; fue una intrusión. La interfaz neuronal, usualmente tosca, se expandió, fusionándose con sus propias sinapsis. El frío del metal y la tensión de cada cable se convirtieron en una extensión de su sistema nervioso. Los indicadores de error viraron a un azul gélido.

La Arena de Pruebas estaba inundada de reflectores. La multitud estalló en abucheos cuando el Centinela entró en la pista. Harken alzó una mano desde la tribuna. Dos drones de seguridad descendieron, cargando sus cañones de pulso.

—Piloto 742, su unidad presenta una inestabilidad estructural del treinta por ciento —la voz de Harken resonó, quirúrgica—. Proceda a la inmovilización. Es una orden.

Mateo sintió el latido del prototipo en su nuca, una potencia inaudita que pedía ser liberada. No era solo un módulo; era un arma que la Torre había intentado ocultar.

—Negativo —respondió Mateo por el canal abierto—. La prueba apenas comienza.

Los drones dispararon. Mateo, guiado por la nueva intuición del módulo, realizó un giro imposible. La maniobra dejó a los drones buscando un objetivo que ya no estaba allí. El público quedó en silencio ante la precisión del movimiento. Mateo aceleró, el motor sobrecalentado aullando como una bestia liberada. El indicador de energía parpadeaba en un rojo crítico, pero mientras el dolor de la fusión neuronal le nublaba la vista, el público estalló en gritos de asombro. Mateo seguía en pie, y por primera vez, la Torre lo miraba con miedo.

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