La verdad del sistema
El zumbido en el cráneo de Mateo no era sonido; era una estática eléctrica que le quemaba las conexiones neuronales. Cada pulso de datos que el módulo experimental inyectaba en su médula se sentía como un clavo al rojo vivo atravesando su columna. Estaba en el corazón del Nivel 1, rodeado de servidores que emitían un brillo azul gélido, un contraste insultante con el calor del aceite quemado que aún impregnaba su uniforme de desguazador.
Sus dedos, temblorosos por la fatiga y el estrés, se movían sobre la interfaz holográfica. El sistema de la Torre estaba en alerta roja, una cacofonía de luces parpadeantes que rebotaban en las paredes blindadas. No estaba allí por la fama, aunque su victoria sobre Valeria lo había puesto en el centro de todas las pantallas de la ciudad. Estaba buscando la verdad, y la encontró en el registro 00-Alpha. La pantalla proyectó un diagrama de flujo que le heló la sangre. La Torre no era un campo de pruebas para la élite. Era un reactor, una máquina de extracción masiva que convertía la energía vital y el hardware de los escaladores de los niveles inferiores en combustible para mantener la estabilidad del Nivel 1. Cada vez que un escalador ascendía, la Torre no lo premiaba; lo cosechaba. Y el módulo que él sostenía no era solo un arma: era una llave maestra diseñada para apagar el sistema de extracción.
Mientras tanto, en el Centro de Mando, el Instructor Varga observaba la pantalla principal, donde la imagen de Mateo se repetía en un bucle humillante. La derrota de Valeria no era solo una mancha en su historial; era una brecha en el muro de seguridad que Varga había construido durante años.
—Es un paria con un juguete robado —siseó Varga, apretando el comunicador hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Si ese desguazador accede a los niveles superiores, el sistema de extracción será expuesto. No podemos permitir que su 'hazaña' llegue a los niveles de élite.
Con una maniobra rápida, Varga alteró los protocolos de seguridad. Borró el historial de Mateo como escalador legítimo y, en su lugar, insertó una señal de alerta de nivel máximo: Terrorista de Rango Cero. Amenaza estructural activa.
—Declaren el estado de purga —ordenó Varga—. Todas las unidades de seguridad tienen luz verde para el uso de fuerza letal. No quiero que capturen el marco; quiero que lo desintegren.
De vuelta en los archivos, Mateo sintió cómo la red comenzaba a cerrarse sobre él. Su Mech, estacionado en el hangar, operaba al 40% de su capacidad, gimiendo bajo la presión de la intrusión. La descarga alcanzó el noventa y nueve por ciento. El dolor en su nuca se intensificó, una aguja de fuego que le recordaba el costo de su curiosidad. Tenía el código maestro, la prueba definitiva de que la jerarquía social era solo un filtro para elegir quién moría primero.
De repente, el sistema de seguridad se bloqueó. Las luces del archivo pasaron de un blanco clínico a un rojo de emergencia. El conducto de ventilación por el que había entrado comenzó a sellarse con placas de tungsteno. Varga no estaba jugando; estaba purificando el sistema.
Mateo intentó estabilizar su conexión, pero el sistema le devolvió un error crítico. La purga había comenzado, y las unidades de seguridad ya estaban desplegándose por los pasillos, con sus armas de plasma cargadas. Mateo se giró, con el pulso martilleando en sus sienes. El módulo, incrustado en su antebrazo, palpitaba con una luz ámbar febril, una advertencia de que su cuerpo estaba llegando al límite de la sincronización neuronal.
Justo cuando el contador marcaba la finalización del proceso, un sonido seco rompió la santidad del silencio: el siseo de una puerta hidráulica abriéndose detrás de él. Mateo se puso en guardia, con el Mech apenas respondiendo a sus comandos mentales. Alguien había entrado en la sala, alguien que no caminaba con la torpeza de un guardia de seguridad, sino con la precisión de quien conoce cada cable de la Torre. La figura se detuvo en el umbral, iluminada por el rojo de la alerta, y Mateo comprendió que su victoria pública lo había convertido en el enemigo número uno del sistema, no solo de Varga. La cacería acababa de empezar.