Caza pública
El aire en los Archivos Centrales del Nivel 1 no era aire; era estática, ozono y el sabor metálico de la muerte inminente. Mateo presionó su espalda contra el servidor, sintiendo cómo el módulo experimental, incrustado en su antebrazo, latía en sincronía con su propio pulso. El dolor era un reguero de fuego que le subía por el hombro, pero era el único ancla que le quedaba en una realidad que se desmoronaba.
—Identificado: Intruso. Código de purga nivel Omega activado —la voz sintética de la Torre resonó, desprovista de humanidad. Era la sentencia de Varga. Tres drones de seguridad, esferas cromadas armadas con emisores de plasma, flotaron hacia el centro de la sala. Sus sensores rojos barrieron el espacio, ignorando las estanterías de cristal para fijarse solo en el calor del cuerpo de Mateo. La sala comenzó a zumbar; el sistema estaba extrayendo el oxígeno para incinerar al intruso. Sus pulmones ardieron al instante. Con un gruñido, Mateo clavó sus dedos en la interfaz del servidor. El módulo brilló con una intensidad cegadora, un azul eléctrico que le hizo gritar mientras la corriente de la Torre intentaba freírle el sistema nervioso. Hackeó la ventilación, forzando una sobrecarga en los drones que los convirtió en chatarra fundida. En el caos, abrió un conducto de servicio y se deslizó hacia la oscuridad, marcado en todas las pantallas como 'Terrorista de Rango Cero'.
Al emerger en el Distrito Elevado, la ciudad entera era un espejo de su condena. Su rostro parpadeaba en cada panel de cristal líquido. Su Mech, un armazón de chatarra rescatada que apenas alcanzaba el 40% de su integridad, emitía un quejido agónico. Los ciudadanos se apartaban, temerosos de la mancha que representaba el desguazador rebelde. Valeria lo interceptó en el cruce principal, su Mech, una obra maestra de la Academia, bloqueando el camino. Pero cuando sus ojos encontraron los de Mateo, no había arrogancia, solo la duda de quien ha visto la verdad en los registros: la Torre no era un símbolo de progreso, sino un reactor que se alimentaba de la vida de los escaladores.
—Detente, Mateo —susurró ella, su voz apenas audible sobre el zumbido de las sirenas—. Varga está enviando a la unidad de élite. Si te mueves, te aniquilarán.
—Ya lo hicieron cuando me dijeron que la Torre era la salvación —replicó Mateo, sintiendo el calor del módulo quemándole la piel, una conexión neuronal que le dictaba que debía subir o morir—. No hay vuelta atrás. La verdad está en el núcleo, Valeria. Si quieres seguir siendo un peón, quédate ahí.
Valeria vaciló. Bloqueó el acceso a los perseguidores de Varga con una maniobra defensiva, dándole a Mateo los segundos necesarios para escabullirse. Pero el respiro fue breve. El puente hacia la zona prohibida estaba a cien metros, custodiado por el escuadrón de élite. El Icarus gimió bajo el fuego pesado; un proyectil de uranio destrozó su hombro, exponiendo cables chispeantes. Mateo no respondió al fuego; sobrecargó el núcleo experimental. Convirtió su Mech en un conductor de energía pura que cortocircuitó los escudos del escuadrón, creando una explosión de luz que le permitió cruzar el umbral justo cuando el puente colapsaba tras él.
La zona prohibida era un cementerio de metal antiguo y cables de energía cruda. Aquí, la arquitectura de la Torre cambiaba; ya no era el brillo pulido de la Academia, sino el esqueleto desnudo de un reactor masivo. El sistema intentó purgar su identidad, causando un dolor insoportable mientras sus recuerdos parpadeaban como luces fundidas. Mateo se desplomó contra un mamparo de titanio, anclando su firma digital al núcleo con la llave maestra. No había más niveles. No había más rangos. Frente a él, el techo de cristal revelaba la verdad final: la Torre no era un camino hacia arriba, era un ciclo cerrado de consumo. Para sobrevivir, Mateo no debía escalar más, debía destruir el motor que mantenía la mentira en pie.