El precio de la visibilidad
La plataforma de ascenso del Nivel 2 no era una meta, sino una ratonera. Apenas el estruendo hidráulico de 'La Chatarra' se disipó, las luces de neón que decoraban los muelles de carga viraron de un azul operativo a un rojo sangre parpadeante. El sistema de la Torre acababa de procesar la revocación de mi licencia: ya no era un aspirante, era un activo embargable.
—Identificación requerida —anunció una voz sintética, fría. Dos drones de patrulla de la Academia descendieron desde las vigas, sus sensores láser barriendo el fuselaje de mi mech. Tenía menos de sesenta segundos antes de que el protocolo de captura forzosa bloqueara mis articulaciones. Mateo me lo había advertido: la Academia no solo quería el módulo, querían borrar la anomalía que representaba mi ascenso récord. Si me escaneaban a fondo, el módulo Clase A activaría una alerta de seguridad de nivel máximo. Estaba atrapado en el centro de la plaza, rodeado por una multitud que empezaba a sacar sus dispositivos para grabar la caída del 'Chatarrero'.
—Julián, no te detengas —la voz de Mateo chisporroteó en el intercomunicador—. Si te inmovilizan, estás muerto. Sobrecarga el motor secundario. Ahora.
No dudé. Mis manos volaron sobre los controles, forzando la válvula de escape térmico. El motor, una pieza rescatada de un modelo de carga, rugió con una protesta metálica. Una cortina de humo denso y calor sofocante brotó de las toberas, ocultando mi firma energética bajo un manto de ruido térmico. Aproveché el caos para deslizarme hacia la red de callejones industriales que serpenteaban bajo la plataforma, dejando atrás los gritos de los guardias y el zumbido de los drones que ahora golpeaban el aire vacío donde segundos antes estaba mi unidad.
El aire en el taller de Mateo sabía a ozono quemado y aceite rancio. Dejé caer el chasis de 'La Chatarra' sobre los soportes hidráulicos, el metal quejándose con un chirrido agudo. Afuera, las sirenas de la Academia seguían barriendo los callejones, una coreografía de luces rojas y blancas que buscaban mi rastro. Mateo me esperaba, con las manos manchadas de grasa negra y los ojos fijos en el módulo Clase A incrustado en el pecho del mech. Su escepticismo habitual había sido reemplazado por una urgencia febril.
—Si no cierras ese flujo, nos van a desmantelar antes del amanecer —gruñó, arrojando una llave inglesa sobre la mesa de trabajo—. El módulo no responde a los comandos de enmascaramiento estándar, Julián. Se ha bloqueado en modo de recepción. Siento que… está escuchando algo que no debería.
Mateo conectó su terminal de diagnóstico al núcleo del módulo. La pantalla parpadeó, mostrando una cascada de líneas de código que no pertenecían a ninguna arquitectura de la Torre que yo hubiera visto antes. Eran secuencias de diseño que él mismo había ayudado a trazar hace una década, antes de que lo purgaran del sistema. —Esto no es solo un procesador —susurró Mateo, con la voz quebrada—. Es una llave maestra. El módulo está intentando comunicarse con la estructura misma de la Torre. Estamos hackeando el sistema desde dentro, Julián. No solo lo estamos escalando.
El zumbido del módulo se intensificó, una vibración que me erizaba la piel. De repente, las pantallas, que hasta hace un segundo mostraban el mapa del sector, se volvieron negras. No era un fallo. Era una transición.
Una capa de datos oculta, invisible para el resto de los pilotos, se desplegó ante mis ojos sobre el cristal de la cabina. La Torre no era una estructura sólida; era una superposición de capas energéticas, y el módulo Clase A acababa de sincronizarse con la frecuencia de la 'capa fantasma'. El camuflaje de emergencia se activó, envolviendo a 'La Chatarra' en un campo de distorsión que me borraba de los sensores de la Academia. Sin embargo, al mirar el registro de datos, el horror me golpeó con la fuerza de un impacto hidráulico: mi nombre, mi historial y mi licencia habían desaparecido de los registros humanos. Para la Torre, ya no era un piloto. Era un error del sistema, una variable que debía ser corregida, y el sector entero comenzaba a cerrarse para ejecutar la purga. El ascenso apenas comenzaba, y el techo del mundo acababa de bajar para aplastarme.