Ascenso bajo fuego
El aire en el taller de Mateo era una mezcla espesa de ozono, aceite quemado y el sudor frío que empapaba la nuca de Julián. Afuera, los golpes metálicos contra el portón de acero resonaban con la cadencia de una sentencia de muerte. La patrulla de la Academia no pedía permiso; exigía obediencia.
—Abre, Varga. Inspección de rutina —la voz del oficial, amplificada por el altavoz de su unidad táctica, hizo vibrar las herramientas colgadas en la pared.
Julián miró a Mateo. El viejo técnico, con las manos manchadas de grasa negra, le lanzó una mirada de advertencia: si el módulo Clase A emitía un solo pulso, ambos terminarían en el fondo del pozo de reciclaje.
Julián se deslizó bajo el chasis de 'La Chatarra'. Sus dedos, ágiles por años de desguace, activaron el protocolo de enmascaramiento. No era una solución elegante; era una sobrecarga térmica forzada. El motor comenzó a gemir, emitiendo un chirrido agónico y una columna de humo negro que se filtró por las juntas. Cuando la patrulla entró, los sensores de sus Mechs de élite se saturaron con el ruido térmico del motor moribundo de Julián. Tras una inspección superficial cargada de desdén, los oficiales se retiraron, riendo de la supuesta obsolescencia del chatarrero.
Al amanecer, la plaza de pruebas del Nivel 1 era un hervidero de arrogancia. El sol artificial golpeaba el metal abollado de 'La Chatarra' con una intensidad que hacía hervir el refrigerante. A su alrededor, los pilotos de clase alta, subidos en unidades relucientes, observaban su mech como si fuera un error estadístico.
—¿Vienes a chatarrear o a morir, Varga? —bromeó un piloto desde un modelo 'Vanguardia', su voz cargada de la superioridad de quien nunca ha tenido que reciclar una pieza.
Julián no respondió. Sus dedos se movieron sobre la consola con una precisión nacida de la necesidad. El módulo Clase A procesó el terreno en milisegundos, ignorando las rutas de seguridad marcadas por la Academia y proyectando una línea vertical imposible sobre el muro de carga. No era una ruta de escalada; era un atajo técnico que desafiaba la física de la Torre.
Cuando la bocina de inicio sonó, Julián activó los propulsores. El motor gimió, protestando por la sobrecarga, pero 'La Chatarra' se disparó hacia arriba con una fuerza que hizo que el Vanguardia se tambaleara por la onda de choque. La pantalla pública de la Torre, que dominaba la plaza central, parpadeó. El nombre de Julián, hasta hace poco marcado como 'Desechable', comenzó a ascender por la columna de clasificación a una velocidad que dejó a los jueces en silencio. Ignoró las advertencias de temperatura y el sabotaje físico de los otros competidores; cada maniobra era un riesgo calculado que el módulo Clase A resolvía con eficiencia letal.
El estruendo del metal cediendo bajo la presión hidráulica fue música para los oídos de Julián al atravesar la última compuerta del Nivel 2. Había pulverizado el récord. Sin embargo, la euforia se evaporó al instante. En lugar de la luz verde de validación, su interfaz de realidad aumentada se inundó de un carmesí agresivo: «LICENCIA DE PILOTO: REVOCADA. RAZÓN: INCUMPLIMIENTO DE PROTOCOLO DE SEGURIDAD. ACCIÓN: BLOQUEO INMEDIATO DE UNIDAD».
El motor, que apenas se mantenía unido, comenzó a apagarse forzosamente. Julián quedó atrapado en la plataforma, con el mech inerte y la seguridad de la Torre cerrando el perímetro. Mientras el sistema intentaba purgar su unidad, el módulo Clase A comenzó a decodificar la arquitectura de la Torre, revelando una capa de datos oculta que ningún piloto había visto jamás: el código fuente de la propia escalada.