La primera vuelta de tuerca
El zumbido no era el traqueteo habitual de 'La Chatarra'; era un ronroneo armónico, una frecuencia que vibraba directamente en la base de la columna de Julián Varga. Sus dedos, callosos y manchados de grasa industrial, se deslizaron por la interfaz táctil del cockpit. La pantalla parpadeó, pasando del rojo de advertencia de la Academia al azul eléctrico del sistema recién integrado.
—Vamos, pequeña, no me falles ahora —susurró Julián. Al activar el módulo de Clase A, el chasis crujió. Las articulaciones hidráulicas, antes bloqueadas por años de óxido y recortes de presupuesto, se tensaron con una fluidez aterradora. El procesador, una pieza de tecnología prohibida, devoraba energía a un ritmo que hacía que los cables de alimentación humearan. En la pantalla, el gráfico de rendimiento rompió el techo de los parámetros permitidos para un piloto marcado como 'Desechable'. Julián sintió una oleada de vértigo: el mech no solo se movía, respondía a su intención antes de que terminara de formular el comando. Era una extensión de sus nervios.
De repente, el brillo neón azul que emanaba de los puertos del mech se reflejó en las paredes sucias del taller. Era demasiado limpio. Demasiado brillante. Una firma energética imposible de ocultar para los sensores de la Torre.
—¿Qué demonios has hecho, Julián? —La voz de Mateo Ruiz cortó el aire como un látigo. El viejo chatarrero irrumpió por la escotilla trasera, con el rostro desencajado—. Esa frecuencia… es arquitectura de datos prohibida. Si la Academia detecta este rastro, no solo te confiscarán el mech; te borrarán del registro.
Julián no se giró. Sus ojos estaban fijos en la barra de sincronización.
—Es mi única oportunidad de salir del nivel de los desechables, Mateo. Si no uso esto, mañana seré solo chatarra enterrada en el foso.
—¡Es un suicidio! Yo ayudé a diseñar esa arquitectura hace diez años, antes de que me purgaran —Mateo lo agarró por el hombro, obligándolo a mirar la realidad del monitor—. Esos módulos no fueron creados para durar; fueron creados para quemar el sistema desde adentro. Si lo mantienes activo, el sobrecalentamiento será tu sentencia de muerte.
El metal de la puerta del taller gimió bajo una bota reforzada. El eco del impacto sacudió los cimientos.
—¡Varga! —la voz del oficial, amplificada por un casco de mando, vibró contra la chapa oxidada—. Código de estatus: Desechable. Orden de confiscación inmediata. Abre o la estructura será demolida con el activo dentro.
Julián miró a Mateo, quien estaba pálido, con las manos apretadas sobre una llave inglesa. Si el oficial entraba, detectaría la firma energética en menos de tres segundos. Julián no dudó. Se lanzó hacia el panel de control, sus dedos bailando sobre la interfaz. No intentó ocultar el mech, sino alterar su lectura. Introdujo el código de enmascaramiento que Mateo le había susurrado, forzando al procesador a emitir un pico de calor residual, una falla controlada que simularía un sobrecalentamiento por piezas baratas, no por tecnología prohibida.
El motor soltó un silbido agudo y violento. Julián abrió la puerta, dejando que el vapor inundara el pasillo. El oficial de la Academia entró con arrogancia, sus ojos escaneando el taller con desdén.
—¿Averías de nuevo, Varga? —preguntó el oficial, pateando un montón de cables—. Tu mech es una mancha en el registro de este sector. Si no pasa la inspección de rendimiento en la plaza mañana, tu licencia será revocada permanentemente.
El oficial se retiró, pero Julián sabía que era solo una tregua temporal. El bloqueo de la Academia se cernía sobre el taller, y el módulo, aunque funcional, dejaba el sistema con una autonomía crítica. Julián cerró la puerta y miró a Mateo. El viejo ingeniero asintió con gravedad; el camino hacia el Nivel 1 estaba bloqueado, pero la potencia en el núcleo de 'La Chatarra' era ahora real, tangible y peligrosa.
Julián se sentó en el asiento del piloto, sintiendo el pulso eléctrico del módulo contra sus palmas. La patrulla de la Academia aún rondaba fuera, y el motor, a pesar del parche, seguía humeando por la sobrecarga. Estaba a un paso de la purga total, pero por primera vez, el techo de la Torre no le parecía una prisión, sino un objetivo.