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Chapter 10: El ascenso imparable

Mateo y Valeria aseguran el control del Piso 3 y ascienden al Piso 4 bajo fuego enemigo. Mateo sacrifica la integridad de su frame para forzar la entrada, descubriendo que la Torre es una nave industrial planetaria. La revelación expone la naturaleza extractiva de la Academia, dejando a Mateo con el control de los sistemas críticos mientras la ciudad observa el colapso de la jerarquía académica.

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El ascenso imparable

El zumbido del Chatarra-7 ya no era un sonido mecánico; era un latido metálico que vibraba contra las costillas de Mateo. El Piso 3, antaño un cementerio de silicio y cobre, ahora respondía a sus impulsos como una extensión de su sistema nervioso. A través del enlace, Mateo sintió cómo los bloqueos de seguridad del sector se cerraban con un estruendo hidráulico, sellando el acceso a los escuadrones de Vane que intentaban reagruparse en los niveles inferiores.

—No van a detenerse —la voz de Valeria cortó la estática del canal. Estaba a pocos metros, su propio frame bloqueando un pasillo lateral—. Vane ha perdido la cara ante toda la ciudad. Si no logra neutralizarte, la Academia caerá con él.

Mateo no respondió de inmediato. Sus ojos, inyectados en sangre por la sobrecarga, escaneaban el contador de rango proyectado en neón sobre la pared del centro de control: Rango 1000. Era una cifra que hace apenas unos días le habría costado la vida. Ahora, era su sentencia y su armadura.

—Que vengan —respondió Mateo, con la voz rasposa por el calor de la cabina—. Estoy empezando a entender el lenguaje de esta máquina, Valeria. No es una academia. Nunca lo fue.

Valeria se acercó al panel, ignorando la luz roja de emergencia. En lugar de empuñar su arma, señaló un mapa holográfico que parpadeaba con una intensidad inusual. La verdad estaba ahí, oculta en los registros de acceso que la Academia había intentado borrar: el Piso 3 no era el final, sino el filtro de una infraestructura prohibida que se extendía hacia arriba y hacia abajo, ignorando las leyes de la física que enseñaban en los salones de clase.

El ascenso al Piso 4 se convirtió en una danza de autodestrucción. Mientras subían por el elevador de carga, el Chatarra-7 gemía bajo la presión de las defensas automatizadas que Vane manipulaba desde fuera. El brazo izquierdo del frame estaba destrozado, colgando por un haz de cables que chisporroteaban con cada impacto.

—¡Si no sincronizas el flujo ahora, la sobrecarga nos vaporizará antes de llegar a la esclusa! —advirtió Valeria. Ella seguía su estela, sus sensores iluminando el camino a través de una tormenta de chispas y metal fundido.

Mateo no respondió. Sus manos, cubiertas de hollín y sangre, bailaban sobre los controles. La alarma de integridad crítica aullaba, pero él no podía detenerse. Sacrificó la integridad de su brazo izquierdo, redirigiendo toda la energía del núcleo Vanguardia hacia los motores de empuje. El frame rugió, un grito de metal que rompió la esclusa blindada del Piso 4 como si fuera papel.

Al cruzar el umbral, el aire no olía a ozono ni a grasa, sino a vacío metálico. Mateo se desplomó contra el panel de control, sintiendo cómo el Aegis-Zero, fundido a sus propios nervios, reclamaba el mando de la red central. Ante ellos, la realidad de la Torre se desplegó: no eran niveles de entrenamiento, eran engranajes gigantescos, conductos de energía que cruzaban el cielo artificial y una maquinaria planetaria que palpitaba al ritmo de un corazón de metal.

—Esto no es una prueba de rango —susurró Valeria, su voz perdiendo la arrogancia de la élite—. Es el mantenimiento de un motor estelar.

Mateo navegó por los registros centrales mientras la verdad se le revelaba como un golpe de mazo: la Academia no buscaba escaladores para proteger la ciudad; buscaban piezas de repuesto con alta compatibilidad neural para estabilizar la nave cuando la Torre entrara en modo de consumo crítico. Él, el desguazador que habían despreciado, acababa de encontrar el botón de apagado de su sistema de esclavitud. El contador de rango sobre la ciudad, visible a través de los sensores, parpadeó frenéticamente. La Academia estaba expuesta, y el verdadero ascenso apenas comenzaba.

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