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Chapter 8: El precio de la verdad

Mateo utiliza el Aegis-Zero para hackear la transmisión de la Torre, exponiendo el cementerio de prototipos del Piso 3 a toda la ciudad. Su rango 1000 se vuelve viral, destruyendo la narrativa de la Academia y convirtiéndolo en un símbolo público. Mientras Vane envía un escuadrón de élite, el Piso 3 comienza a reconocer a Mateo como su legítimo controlador.

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El precio de la verdad

El zumbido del Chatarra-7 ya no era el chirrido de metal oxidado de un desguace; era un pulso armónico, profundo, que vibraba contra la columna vertebral de Mateo. Con el núcleo Vanguardia integrado y los protocolos Aegis-Zero corriendo por sus venas sintéticas, el frame se sentía como una extensión de su propia rabia. Frente a él, el Piso 3 —un osario de prototipos olvidados por la Academia— se iluminó con un azul gélido al reconocer su firma de energía.

Alerta: Interferencia externa detectada.

El visor táctico parpadeaba en rojo. El Instructor Vane estaba intentando hackear su canal de transmisión, desesperado por apagar la señal antes de que la ciudad viera el cementerio de tecnología oculta. El contador de rango, proyectado en neón sobre el horizonte de la ciudad, oscilaba violentamente. Si la Academia lograba cortar la conexión, Mateo volvería a ser un proscrito sin pruebas, un error del sistema que Vane borraría sin dejar rastro.

—No esta vez —gruñó Mateo. El sudor le escocía en los ojos, pero no parpadeó.

Inyectó el hardware prohibido directamente en los nodos de datos del Piso 3. El dolor fue una descarga eléctrica que le recorrió el brazo, una quemadura de datos que le dejó el sabor a cobre en la boca. Pero el efecto fue inmediato: la señal de su batalla se redirigió, convirtiéndose en un faro ineludible. La red de la Torre, cautivada por la arquitectura del Aegis-Zero, blindó su transmisión contra cualquier intento de censura institucional.

En el centro de control de la Academia, el aire estaba cargado de estática. Valeria observaba el monitor principal, donde el Chatarra-7, envuelto en una estela azul cobalto, desmantelaba al último Guardián. Cada movimiento de Mateo era una bofetada a la arquitectura de seguridad que ella había jurado proteger. Vane golpeaba la consola con el puño, inútil ante los bloqueos de permisos de administrador.

—¡Corta la señal, Valeria! ¡Es una orden! —bramó Vane, con el rostro desencajado.

Valeria se mantuvo inmóvil, con los dedos suspendidos sobre el panel. —No puedo, Instructor. El protocolo de la Torre ha priorizado su señal. Si intento forzar el apagado, el sistema colapsará.

En el chat público, los mensajes se movían a una velocidad vertiginosa: «¿Eso es tecnología de Vanguardia?», «Vane nos mintió», «¿Por qué esconden esto?». La Academia había perdido el control del relato. La verdad sobre el cementerio de prototipos se filtraba a cada rincón de la ciudad, transformando a Mateo de un desguazador a un símbolo de rebelión.

La respuesta institucional fue brutal. Tres mechs de élite, modelos 'Centinela', irrumpieron en la cámara principal del Piso 3, ignorando los protocolos de seguridad. Sus placas de blindaje relucían con el sello de la institución, una marca de privilegio que, frente a la tecnología ancestral, parecía ridícula.

Mateo sintió el pulso rítmico del suelo bajo sus pies. El Piso 3 no era un laberinto hostil; era una extensión de su propia voluntad. Al detectar su firma, las luces de los pasillos se encendieron en un azul gélido. Mateo no estaba navegando el nivel; lo estaba despertando. Los Centinelas, desorientados por los mecanismos defensivos que ahora obedecían a Mateo, fueron humillados en cuestión de segundos. El desguazador se posicionó frente a la cámara frontal, con el Chatarra-7 humeante pero intacto.

—La Torre no nos pertenece por derecho de nacimiento ni por rango académico —dijo Mateo, su voz distorsionada resonando en los oídos de millones—. El Piso 3 es la arquitectura sobre la que construyeron sus privilegios. Hoy, la puerta está abierta para cualquiera que tenga el valor de subir.

El silencio en el canal fue absoluto antes de que su contador de rango, proyectado en neón sobre la ciudad, comenzara a mutar. El número '1000' brilló con una intensidad insoportable, fracturándose mientras la jerarquía de la Academia se desmoronaba en tiempo real. Mateo ya no era un escalador; era el nuevo dueño de las reglas del juego.

Pero mientras el público celebraba, el visor de Mateo detectó una nueva firma de energía acercándose a gran velocidad desde los niveles superiores. Vane no se rendiría. Un escuadrón de élite estaba en camino, pero cuando Mateo puso una mano sobre el panel de control del Piso 3, el nivel respondió con una calidez familiar, como si el cementerio de máquinas hubiera estado esperando a su verdadero dueño durante décadas.

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