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Chapter 7: Cementerio de Máquinas

Mateo explora el Piso 3, un cementerio de tecnología prohibida, donde sobrevive a un Guardián de Nivel mediante la integración forzada de un núcleo Vanguardia. Al desmantelar al enemigo, descubre el Aegis-Zero, un prototipo legendario que revela la conexión entre su módulo y la arquitectura original de la Torre, consolidando su estatus y forzando una crisis de reputación en la Academia.

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Cementerio de Máquinas

El aire en el Piso 3 no contenía oxígeno, sino un sedimento metálico que rascaba los sensores del Chatarra-7. Mateo observó a través del visor cómo las lecturas de presión atmosférica bailaban en números rojos. No era solo un nivel; era un osario. A su alrededor, mechs de la era dorada —gigantes de aleaciones olvidadas y blindajes reactivos— yacían semienterrados en un suelo de grafito, sus extremidades cercenadas apuntando al techo como súplicas mudas. Cada paso que daba su frame resonaba con un eco metálico, un sonido seco que parecía despertar algo más que el polvo. El núcleo Vanguardia, integrado a duras penas en el pecho de su máquina, zumbaba con una cadencia errática, casi agresiva. Mateo sintió el calor irradiando hacia su propia columna vertebral. El módulo prohibido no solo estaba funcionando; estaba reclamando el entorno. A medida que avanzaba, los registros de batalla antiguos, atrapados en los núcleos de memoria de los cadáveres mecánicos, empezaron a filtrarse en su propia pantalla de navegación. Era una cacofonía de datos: tácticas de flanqueo, secuencias de sobrecarga y códigos de armas de asedio que la Academia había borrado de sus libros de texto.

—Déjame ver qué es lo que tanto temían esconder —susurró Mateo. Su voz sonó pequeña dentro de la cabina, pero el Chatarra-7 respondió con una descarga de energía que iluminó el pasillo. De repente, el sistema de seguridad se activó. Un Guardián de Nivel, una mole de placas oxidadas y pistones hidráulicos expuestos, se deslizó desde las sombras con una fluidez antinatural. No era un robot de entrenamiento; era un sistema de defensa autónomo diseñado para la aniquilación. El Guardián disparó una ráfaga de proyectiles cinéticos. Mateo esquivó por instinto, sintiendo el calor del impacto rozando su cabina. El brazo derecho de su frame, aún remendado con piezas de baja calidad, se quejó bajo la tensión. La interfaz neuronal lanzó un aviso en rojo brillante: Integridad estructural: 42%. Fallo en servomotor inminente.

—No hoy —gruñó Mateo. Activó el módulo prohibido. La energía del núcleo Vanguardia fluyó, forzando al metal a tensarse más allá de sus especificaciones de fábrica. Mateo se lanzó hacia adelante, usando el impulso para deslizarse bajo el arco de ataque del Guardián. El sistema de la Torre proyectó su Rango 1000 en el aire, una estela de neón que atraía las miradas de los espectadores invisibles, pero a Mateo solo le importaba el núcleo expuesto del enemigo. Con una maniobra suicida, arriesgó el brazo dañado de su frame para arrancar el núcleo del guardián. El estallido de energía fue cegador. Al desmantelar al enemigo, un registro de batalla dañado se volcó en su sistema: una pieza de datos que vinculaba su módulo prohibido con el diseño original de la Torre.

Mateo no se detuvo a respirar. Frente a él, los restos de un prototipo legendario —el Aegis-Zero— yacían semienterrados bajo vigas de acero. Su chasis estaba destrozado, pero el núcleo, una esfera de pulso azulado, aún latía con una cadencia que imitaba la frecuencia de su propio módulo. Mateo conectó los cables de interfaz con manos temblorosas. En el momento en que el metal del Aegis tocó el sistema de su frame, una descarga de datos le quemó las retinas. No era solo chatarra: era el plano original, la arquitectura prohibida sobre la que se construyó la Academia. El módulo de Mateo no era un error del sistema; era un componente huérfano de este mismo prototipo. Mientras el Chatarra-7 absorbía el núcleo Vanguardia, su brazo derecho se reconfiguró con un chirrido de engranajes forzados, sellando las grietas con una aleación que no debería existir en este sector. En ese instante, la transmisión de su hazaña en el Piso 3 se filtró al exterior. El Rango 1000 de Mateo brilló con una intensidad nueva, y en las pantallas de la Academia, el relato oficial comenzó a desmoronarse. La Academia ya no podía ocultarlo; el escalador proscrito acababa de encontrar la pieza que cambiaría las reglas de toda la Torre.

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