El Primer Piso no perdona
El Chatarra-7 no era una máquina; era un ataúd de acero que vibraba con una frecuencia antinatural. Mateo sentía el calor del módulo militar prohibido filtrándose a través de la interfaz neuronal, una quemadura constante que le recordaba que, si no ganaba, el sistema no solo le confiscaría el frame, sino que le borraría el futuro.
—¡Abre esta maldita puerta, Mateo! —la voz del Instructor Vane retumbó desde el pasillo, distorsionada por el metal reforzado. El guantelete de rango 500 del instructor golpeó la entrada con un estruendo que hizo caer polvo del techo—. ¡Sé que ese frame es contrabando! ¡Te arrepentirás de haber nacido!
Mateo ignoró el grito. Sus manos, curtidas por años de desguace, se movían con una precisión maníaca sobre los controles. La Torre, detectando la firma energética del módulo, respondió con una frialdad mecánica: el protocolo de Prueba de Rango se activó, sellando el taller con un zumbido de contención de nivel 1000. Vane quedó bloqueado afuera, su autoridad institucional anulada por la lógica implacable del sistema.
Mateo se conectó. El dolor fue una descarga eléctrica, una fusión neural que le confirmó que el núcleo no solo buscaba energía, sino que devoraba su propia resistencia física. El Chatarra-7 despertó, transformándose de un montón de piezas oxidadas en una máquina de luz azulada que rugió con una furia mecánica inédita.
Al emerger en la antecámara del Piso 1, el aire olía a ozono y a desprecio. Los estudiantes de la Academia, enfundados en mechs de aleación reluciente, se apartaron con una mezcla de asco y curiosidad.
—Mira esa chatarra —se escuchó una voz burlona desde un modelo de asalto clase A—. Deberían prohibir la entrada a los chatarreros antes de que ensucien el sensor.
Mateo no respondió. Sus ojos estaban fijos en el contador de rango proyectado sobre la entrada: «Sin Rango» parpadeó, se volvió rojo, y luego se estabilizó bruscamente en «Rango 1000». El neón estático atrajo todas las miradas; el silencio en la sala fue absoluto. Vane, al otro lado de la barrera, observaba con el rostro contraído en una mueca de superioridad, esperando que el sistema rechazara el frame o que el módulo sobrecalentara el sistema de Mateo.
Mateo ignoró el peso de las miradas. Dentro de la arena, tres centinelas del Piso 1 cerraron la formación con precisión quirúrgica.
—Detectando sobrecarga de núcleo —siseó el sistema. Mateo ignoró la advertencia. Cuando el centinela líder cargó su cañón de riel, Mateo activó el módulo. La respuesta fue una patada de energía que casi le disloca el hombro al frame. El Chatarra-7 se desplazó como un borrón de metal, dejando una estela de chispas. La maniobra fue tan violenta que la integridad del brazo derecho del frame comenzó a ceder. Mateo sintió el dolor reflejo en sus propios músculos, una conexión neural forzada que no permitía errores. Sabía que el brazo derecho era un activo prescindible frente al Impuesto de Reputación que le cobrarían si no terminaba la pelea.
Con un rugido de motores que resonó en toda la Torre, Mateo se lanzó contra el centinela líder, sacrificando la integridad de su brazo para ejecutar un golpe decisivo que redujo la máquina a chatarra. El Piso 1 fue declarado conquistado.
Al salir de la arena, el aire se tornó gélido. Valeria bloqueaba la salida con la elegancia letal de una depredadora.
—El Piso 1 no te otorga el derecho a portar esa aberración —sentenció ella, su voz cortando el bullicio como una hoja de afeitar. Valeria dio un paso al frente, invadiendo su espacio hasta que pudo sentir el calor de su núcleo—. Sé que ese módulo no es tuyo. Entrégalo o te destruiré en el próximo piso.