Chatarra de Oro, Deuda de Hierro
El motor de mi frame no rugía; tosía. Un estertor metálico que vibraba en mis dientes cada vez que el pistón hidráulico intentaba sellar la articulación del hombro. En la pantalla del tablero, el indicador de integridad estructural parpadeaba en un rojo agónico: 12%.
—Muévete, maldita sea —siseé, golpeando el panel de control con el guante lleno de grasa.
El Chatarra-7 era un amasijo de piezas recuperadas de los niveles inferiores, un Frankenstein de metal que apenas se mantenía unido por soldaduras de fortuna y mi propia desesperación. Si el Instructor Vane llegaba a la inspección y encontraba este nivel de desgaste, la confiscación no sería una posibilidad, sino una sentencia. Sin el frame, mi estatus de escalador —ya en el suelo— se evaporaría, y con él, mi derecho a permanecer en la zona habitable de la Torre. Sería arrojado al sector exterior, donde el aire se paga con años de vida.
Un estruendo metálico sacudió el taller. Entre los restos de mi reciente accidente en el Campo de Pruebas, algo brilló. Me bajé de la cabina, con las articulaciones de mi traje de soporte chirriando, y me abrí paso entre los cables calcinados. Allí, incrustado en el núcleo de un servomotor destrozado, yacía un módulo de combate de grado militar. No era chatarra común. El sello de la Academia, grabado en láser, estaba parcialmente rayado, pero el pulso de energía que emanaba era inconfundible. Era tecnología prohibida, el tipo de hallazgo que te llevaba a la gloria o a la ejecución.
El aire del taller, cargado de ozono y sudor, se volvió gélido. La entrada se oscureció. El Instructor Vane, impecable en su uniforme gris acero, bloqueaba el paso. Dos drones de seguridad flotaban a sus hombros, escaneando mi desguace con láseres de un azul clínico que diseccionaban cada una de mis faltas.
—Diez minutos, Mateo —dijo Vane. Su voz no era un aviso, era un veredicto—. Si para el final de ese tiempo tu unidad no ha sincronizado con el servidor de la Torre, procederemos a la confiscación total por riesgo de inestabilidad técnica. No tolero chatarra peligrosa ensuciando mis registros.
—No es chatarra —respondí, ocultando el módulo en el bolsillo de mi chaqueta con un movimiento rápido—. Es un prototipo. Solo necesita calibración.
Vane soltó una carcajada seca que atrajo las miradas de los pocos desguazadores que aún rondaban el sector. Sabía que cada segundo que perdía, mi 'Rango de Escalada' se hundía más en el abismo. Me encerré en la cabina, con el calor sofocante recordándome la fragilidad de mi existencia. El tiempo corría en el panel: 09:59.
Con manos temblorosas, ajusté el módulo prohibido en el puerto central del Chatarra-7. No había tiempo para protocolos de seguridad. Conecté el cable de interfaz neuronal y sentí un pinchazo eléctrico que me recorrió la columna como una descarga de adrenalina pura. El zumbido del motor cambió; ya no era un traqueteo, sino un rugido profundo, casi animal, que hizo vibrar el suelo del taller. Las luces de neón del panel parpadearon violentamente, pasando de un naranja mortecino a un rojo sangre que bañó mi rostro.
—Vamos, maldita sea… —mascullé.
El sistema de la Torre, el nodo central que regía cada centímetro de la Academia, detectó la intrusión. Una alerta estridente inundó la cabina, y el neón del panel parpadeó en un rojo furioso mientras el texto 'Usuario No Autorizado' se grababa en mi retina. Pero el frame se enderezó con una fluidez que nunca había sentido, absorbiendo la energía del módulo con una voracidad mecánica.
El sistema de la Torre comenzó a procesar la anomalía. En un parpadeo, mi marcador público saltó de 'Desguazador' a 'Rango 1000'. Las alarmas de la Academia se encendieron, atrayendo todas las miradas de los estudiantes de élite hacia mi taller. El juego había cambiado, y por primera vez, el sistema me estaba mirando.