Fallas en el sistema
El zumbido de la baliza atravesó el hangar como un insecto atrapado en el cráneo de Julián. Apenas había soltado los amarres del Frame-09 cuando la luz roja pulsó tres veces seguidas en el panel lateral del pecho. No era el parpadeo rutinario de diagnóstico. Era la secuencia de alerta crítica: transmisión en curso, datos ya subiendo al servidor central de la Academia.
Julián se quedó quieto, con la mano aún en el borde de la placa torácica abierta. El sudor del duelo contra Valeria todavía le pegaba el traje al cuello. El empate técnico había sido lo bastante limpio como para que nadie pudiera probar trampa… pero no lo bastante limpio como para que la baliza no registrara la anomalía.
—Vamos… —susurró, más para sí mismo que para la máquina—. No ahora.
Se dejó caer de rodillas frente al chasis. Los dedos volaron sobre el teclado táctil secundario, saltándose las advertencias de seguridad. Acceso de emergencia. Lectura profunda del núcleo. Contraseña de bypass que había robado de un técnico borracho dos pisos más abajo hacía seis meses.
La pantalla escupió números rojos.
Firma energética +47 % fuera de parámetros nominales. Sobrecarga sostenida 8 minutos 14 segundos durante combate. Integridad del regulador de flujo: 31 %. Recomendación: purga inmediata en 4 h 22 min.
Cuatro horas y veintidós minutos.
Julián sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Si la baliza completaba el ciclo de diagnóstico y Torres recibía el pico sostenido, el Frame-09 sería marcado para desmantelamiento inmediato. No habría apelación. No habría rango 54 que lo salvara esta vez.
Forzó otra lectura. El módulo Valquiria-Prototype-7 seguía respondiendo, pero el regulador primario estaba colapsando. Solo un regulador de flujo de grado militar —de los que usaban los prototipos de élite antes de la Gran Recicladora— podía estabilizarlo a tiempo.
Y esos reguladores no se vendían en el mercado negro de los niveles bajos. Solo quedaban en un lugar.
La Zona de Chatarra.
Con el reloj corriendo y la baliza parpadeando más rápido, Julián cerró el panel de golpe y se puso de pie. No había opción. Bajaría esa misma noche.
El conducto 17-B olía a ozono quemado y lubricante rancio. Julián descendió por la garganta del muerto con el Frame-09 al mínimo de potencia, cada paso un riesgo calculado. Las luces de emergencia parpadeaban en rojo cada quince metros, marcando el límite donde la Academia dejaba de fingir que controlaba algo.
Integridad estructural: 68 % Tiempo estimado hasta fallo parcial: 3 h 41 min
El módulo compensaba lo que podía, pero cada salto le costaba más. Julián sentía el retraso en los servos como si fueran sus propios músculos agarrotados.
Llegó al primer nivel de desecho. Montañas de chasis retorcidos, brazos hidráulicos arrancados, carcasas quemadas por plasma viejo. En el centro, un Valquiria-Prototype destruido yacía partido en dos, con el regulador de flujo todavía brillando débilmente en su alojamiento torácico.
El mismo modelo del que provenía su módulo.
Julián se acercó con cuidado. Extrajo el regulador con dedos temblorosos. Estaba caliente, intacto, grado militar. Perfecto.
Lo metió en el compartimento auxiliar. El Frame-09 dio un respingo, como si reconociera sangre de su misma línea.
Entonces lo oyó.
Un zumbido grave. Dos faros rojos se encendieron a doscientos metros.
El Centinela.
La baliza de monitoreo estaba enviando picos. Cuanto más usaba el módulo para moverse, más aprendía el autómata. Era un cazador que evolucionaba en tiempo real.
Julián corrió.
Plataformas crujían bajo las botas. Saltó una grieta que caía treinta niveles. Aterrizó rodando. El Centinela aceleró. Un rayo de contención azul cruzó el aire a centímetros de su hombro.
Integridad estructural: 21 % Tiempo hasta fallo catastrófico: 4:17
No podía seguir esquivando. Cada maniobra alimentaba al Centinela.
Miró hacia arriba. Una pila de chatarra inestable colgaba sobre el corredor principal. Si la provocaba en el momento exacto…
Se lanzó hacia el pasillo. El Centinela lo siguió. Julián disparó un gancho de contención al soporte oxidado y tiró con todo.
La avalancha cayó.
Metal retorcido, brazos arrancados, carcasas enteras sepultaron al Centinela en una nube de polvo y chispas. El zumbido se apagó.
Julián no se detuvo a mirar. Corrió hacia la salida con el regulador latiendo contra su pecho.
Integridad estructural: 8 %
Salió de la Zona con las piernas temblando. El Frame-09 apenas se mantenía en pie.
Llegó al taller clandestino del nivel bajo. El lugar olía a aceite quemado y desesperación vieja. Se arrodilló frente al chasis.
DEGRADACIÓN CRÍTICA – 87 % INTEGRIDAD – TIEMPO ESTIMADO HASTA FALLA CATASTRÓFICA: 41 minutos
Conectó el regulador al núcleo secundario. El Frame se estremeció. Julián soldó el último pin con el cautín improvisado.
La firma energética dio un salto brusco.
DEGRADACIÓN → 62 %
Compraba tiempo. Treinta y ocho horas, tal vez cuarenta y ocho si no forzaba el sistema otra vez.
Exhaló, tembloroso, y abrió diagnóstico profundo para verificar estabilidad.
En vez de la curva de latencia, apareció una línea prohibida:
REGISTRO DE BATALLA – NIVEL DIRECTOR – ENCRIPTACIÓN 9 – ÚLTIMA LECTURA: 47 MINUTOS ATRÁS
El pulso se le detuvo.
Reprodujo.
La voz del Director Aris, fría y precisa:
—…confirmado. El portador actual es Julián Varga, rango 54. El módulo Valquiria-Prototype-7 está activo en su Frame-09. Recupérenlo a cualquier costo. No toleraré otra fuga.
La pantalla se congeló en el rostro del Director mirando directo a cámara.
Julián apagó el módulo con manos temblorosas.
No solo sospechaban.
Sabían exactamente quién tenía el módulo.
Y ya habían dado la orden.