La sombra de la élite
El contador del ranking marcaba 54 en verde brillante cuando Julián entró a los vestidores. Ochenta y nueve minutos desde la sincronización pública. Cada minuto que pasaba sin purga era prestado, y la deuda familiar de los Varga seguía pesando más que el blindaje que le quedaba al Frame-09.
Valeria Cruz esperaba apoyada contra los lockers, mono abierto hasta la clavícula, guante de desafío ya proyectado en holograma. El sello oficial de la Academia giraba lentamente: duelo cerrado, reglas de piso oficial, rango en juego. Detrás de ella, tres estudiantes de segundo ciclo se quedaron quietos, toallas olvidadas. El silencio era tan denso que se oía el zumbido de las pantallas.
—Varga —dijo ella, voz baja y cortante—. Qué conveniente que subas tanto justo cuando todos miran para otro lado.
Julián sintió la baliza del Frame-09 latir en su enlace neuronal: tres pulsos por segundo, cada uno un informe directo a Torres. Cualquier pico ahora sería evidencia.
—No vine a socializar —respondió, colgando la chaqueta sin prisa—. Si quieres hablar de rango, habla en la jaula.
Valeria avanzó un paso. El guante brilló verde.
—Noventa minutos. Arena 17-B. O aceptas el sello aquí mismo, o mañana todo el piso sabrá que el nuevo 54 prefiere esconderse en vez de defender lo que robó.
Los estudiantes sacaron comms. Uno ya transmitía en discreto. Rechazar era perder cara justo cuando la necesitaba. Aceptar era jugarse que el módulo no se delatara en combate real.
Extendió la mano. Sus dedos tocaron el guante. En el instante del contacto, el módulo prohibido envió un pulso secundario: 0.4 % de salto en la firma energética. La baliza respondió con un bip que solo él sintió.
Valeria entrecerró los ojos.
—Interesante.
El sello se iluminó en verde. Aceptado. La noticia ya volaba por los canales internos.
Arriba, en su oficina, el Supervisor Torres abrió el feed de monitoreo. Pico confirmado. No prueba definitiva, pero ruido. Y él no toleraba ruido.
Cincuenta y dos minutos restantes.
Julián estaba debajo del chasis del Frame-09 en el taller C-7, linterna de cabeza iluminando el núcleo cinético. El módulo latía azul pálido, venas de plasma inflamadas. Integridad estructural: 73 %. Bajando.
Redirigió energía del escudo dorsal al núcleo de maniobra. Blindaje cayó a 29 %. Maniobrabilidad subió a 152 %. El módulo aceptó el cambio con un ronroneo grave. El dolor de cabeza disminuyó; la claridad aumentó. Pero un impacto sólido en el reactor y todo terminaba.
Llegó un mensaje de su hermana: «54. Papá dice que si llegas al 30 quizás negocien la deuda antes del desalojo. No te dejes matar, huevón».
Cerró el panel de un golpe. El Frame-09 ya no era chatarra. Era un arma con fecha de caducidad.
La sirena de la 17-B cortó el aire.
Julián entró con el contador 54 en rojo brillante sobre el pecho. Público reducido pero pesado: oficiales, instructores de piso superior, Torres en la grada elevada. Valeria esperaba en el centro, Valquiria Stratus-4 negro y plata, blindaje impecable, servomotores cantando precisión de élite.
El árbitro alzó la mano.
—Duelo cerrado. Reglas de piso oficial. Tres minutos o rendición. Sin letales. ¡Comiencen!
Valeria atacó en arco limpio, lanza de energía cortando el espacio. Julián rodó. El módulo le quemaba la nuca al 36 %. Suficiente para leer, no para delatar.
Primer impacto: contra la pared. Blindaje crujió. El público murmuró. Torres se inclinó.
Valeria presionó con patrones de academia: predecibles, letales, pulcros. Julián esquivaba por milímetros, usando las micro-vibraciones que el módulo captaba en los actuadores enemigos. Cada esquive costaba: punzadas en la visión periférica, enlace neuronal al límite.
Segundo 2:14. Vio el defecto: 0.08 segundos de retraso en la transición lateral-frontal del Stratus-4. Calibración imperfecta. Nadie normal lo notaría. El módulo sí.
Fingió retirada torpe —el blindaje dañado lo justificaba—. Valeria mordió el anzuelo con estocada directa. Julián pivotó con aceleración imposible para un frame de mantenimiento. Núcleo sobrecargado rugió. La lanza rozó el hombro expuesto. Contraataque ascendente directo al actuador de cadera.
Crujido metálico. El Stratus-4 se tambaleó.
Valeria recuperó en medio segundo, pero el equilibrio ya estaba roto.
El árbitro levantó ambas manos.
—Empate técnico. Daño crítico en Valquiria. Tiempo restante: 37 segundos. Duelo nulo por seguridad.
Silencio. Luego murmullos que crecían como incendio.
Valeria abrió cabina. Bajó de un salto, rostro encendido de furia y asombro. Caminó hasta Julián, que apenas mantenía el frame en pie.
—No sé qué mierda hiciste, Varga —susurró—. Pero la próxima no será entrenamiento. Y apostaré más que mi puesto.
Giró y salió. Las miradas seguían clavadas en Julián.
Torres no se movió. Solo anotó algo en su tableta.
Julián, exhausto, abrió el registro interno del Frame-09. Entre la telemetría de la pelea apareció un fragmento que no pertenecía: log cifrado, sello del Director. Una línea legible:
«Módulo Valquiria-Prototype-7. Recuperar a cualquier costo. Conocimiento del núcleo: confirmado por el portador.»
El pulso se le detuvo. El Director no solo sabía del módulo. Sabía quién lo tenía.