Bajo la luz del compromiso
Las cenizas del contrato matrimonial aún flotaban en el aire del despacho, un recordatorio gris de que la jaula de cristal se había roto. Elena observó el montón de papel quemado sobre la bandeja de plata. No era alivio lo que sentía, sino una lucidez gélida. Sin el documento, las reglas del juego habían desaparecido, dejando solo una arquitectura de poder desnuda y peligrosa.
Julián permanecía junto al ventanal, con la silueta recortada contra las luces de la mansión Varela. Su silencio no era el de un hombre que celebra una liberación, sino el de alguien que ha movido su última pieza en una partida de ajedrez donde el tablero ha sido volcado.
—El contrato ha muerto, Elena —dijo él, sin girarse—. Pero la trampa que construimos sigue ahí. Mis padres esperan una boda. El mercado espera una dinastía. Y Alb
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