El imperio de la dignidad
El despacho de Julián Varela no era ya el escenario de una transacción, sino el epicentro de una rendición. Elena no se sentó. Permaneció frente al escritorio de caoba, observando cómo los restos del contrato matrimonial —su antigua sentencia de muerte social— descansaban en la trituradora. Julián, apoyado contra el ventanal que dominaba la Ciudad de México, no intentó ocultar la fatiga en sus facciones. No era el cansancio de un hombre derrotado, sino el de alguien que finalmente había dejado de luchar contra su propia necesidad de ella.
—El fideicomiso —dijo Elena, su voz cortante, despojada de cualquier rastro de la súplica que él esperó meses atrás—. No es una petición, Julián. Es la restitución de lo que me arrebataste con el 'Proyecto Ceniza'. Si el contrato está muerto, mi patrimonio debe estar viv
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