El último movimiento
El despacho de Julián olía a cuero viejo y a la electricidad estática de una tormenta contenida. Elena no buscaba consuelo en la penumbra; buscaba la grieta en el sistema que durante años la había mantenido en la periferia de su propia vida. Sobre la mesa de caoba, los documentos cifrados que Julián le había entregado —su seguro de vida y su arma de destrucción— descansaban como una sentencia de muerte para Alberto, el socio principal de la junta.
Elena recorrió las cifras por décima vez. El desfalco no era un error contable; era una ejecución planificada. Julián permanecía apoyado contra la estantería, observándola. Ya no era el depredador que dictaba los términos de un contrato matrimonial; ahora era un cómplice que había desmantelado sus propias defensas para que ella pudiera ver el mapa d
Preview ends here. Subscribe to continue.