El legado recuperado
El ático, antes un mausoleo de cristal y acero, se sentía esta mañana como una sala de guerra. Elena observaba el horizonte de Santiago desde el ventanal, su reflejo superpuesto al de los rascacielos que pronto, tras la junta de las once, responderían a su mando. La llave de titanio que Julián le había entregado descansaba sobre la mesa de mármol, un peso metálico que simbolizaba el fin de su condición de peón.
Julián entró en la estancia con dos tazas de café. No hubo el habitual intercambio de miradas gélidas; esta vez, sus ojos se encontraron con una familiaridad que aún le resultaba extraña, una intimidad ganada a pulso bajo la amenaza de la ruina. Él dejó las tazas y se d
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