Alianza bajo fuego
La sala de crisis del piso 42 olía a café quemado y a la tensión de quienes llevan cuarenta horas sin dormir. Elena entró sin llamar, el expediente 2018 apretado contra el pecho como arma cargada y la declaración jurada aún húmeda de tinta entre sus dedos. Los hombres se congelaron: el director financiero con la mano suspendida sobre el ratón, el abogado jefe con la boca a medio cerrar, los dos consejeros en la pantalla mirándola como si acabara de materializarse un verdugo en traje sastre. Julián permanecía de pie junto al ventanal, de espaldas a todos.
Solo cuando el tacón de Elena golpeó el mármol por tercera vez, habló sin volverse. —Llegas tarde. —No —dijo ella, soltando el expediente sobre la mesa con un golpe limpio—. Llego cuando decidí que valía la pena.
El director financiero carraspeó. —Señora Varga, con todo respeto, después de firmar esa declaración su presencia aquí es… delicada. Ya tiene exposición penal suficiente.
Elena lo miró como quien evalúa u
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