La herencia del veneno
El silencio en el ático de Julián Varga no era una ausencia de ruido; era una arquitectura de poder diseñada para asfixiar la disidencia. Tras la gala, el aire todavía conservaba el rastro del perfume de Elena y el peso de las miradas de una élite que, por primera vez, la observaba como una igual y no como una sombra. Elena dejó su bolso de diseñador sobre la mesa de mármol negro. Sus manos estaban firmes, ocultando el temblor que le provocaba la cercanía de Julián. Él estaba de pie junto al ventanal que dominaba la ciudad, con la corbata deshecha, una imagen de control absoluto que empezaba a mostrar grietas de fatiga. Había pagado un precio alto por defenderla ante
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