El precio de la lealtad
Elena empujó las puertas de vidrio esmerilado de la sala de juntas a las 9:03 en punto. El tacón resonó una sola vez y murió en el silencio. Doce cabezas giraron. Doce evaluaciones rápidas: activo nuevo, riesgo incalculable.
Ricardo Valente ocupaba la silla a la derecha del puesto vacío de Julián. Traje gris perla, sonrisa de quien ya había firmado ruinas antes.
—Señora Varga —dijo Martínez, director financiero, con voz de hielo seco—. No figuraba su asistencia.
—No vengo a asistir —respondió Elena—. Vengo a dirigir.
Dejó caer el dossier negro sobre la caoba. El golpe sonó como sentencia.
—Ricardo —continuó, mirándolo fijo—, marzo de 2018. Siete transferencias. Catorce millones ochocientos mil dólares. Estructura en Belice. Firma
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