La máscara de la elegancia
El vestidor del ático de Julián Varga era una caja de cristal suspendida sobre la ciudad, un espacio donde la luz de la mañana no calentaba, solo iluminaba la frialdad de los materiales. La estilista, enviada por el comité de imagen de los Varga, tiraba del corsé de seda con una insistencia que rozaba la insolencia.
—El escote es demasiado audaz, señorita Elena —murmuró la mujer, ajustando el broche de diamantes—. El señor Varga requiere una estética de esposa recatada para la gala de esta noche. La discreción es el activo más valioso de una mujer en su posición.
Elena se miró en el espejo. El
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