Desayuno sobre cenizas
El mármol de la mesa estaba tan frío que el contacto a través de la seda de su vestido le erizó la piel, pero Elena no se permitió el lujo de estremecerse. Frente a ella, Julián Varga terminaba su café negro con una precisión quirúrgica, sin dedicarle ni una mirada. El ático, un santuario de cristal y acero suspendido sobre la metrópolis, se sentía más como una sala de interrogatorios que como el hogar de un prometido.
—Tu familia ha sido muy eficiente retirando tus activos —dijo Julián, dejando la taza sobre el plato con un chasquido metálico que resonó en el silencio absoluto—. Han liquidado incluso
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