El precio de la protección
Los flashes estallaron como disparos, dejando manchas blancas en la visión de Valeria. Apenas recuperó el equilibrio, Gael le soltó la muñeca con una frialdad que le recorrió la espalda. Ese vacío fue suficiente para que tres periodistas cerraran el paso, con los micrófonos extendidos como armas.
—Señor Laredo, ¿confirma que la señorita Aramendi huyó antes de la firma del contrato de fusión? —preguntó una mujer de credencial roja, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Valeria apretó su copa vacía. No retrocedió. Detrás de las cámaras, ella seguía siendo la sobrina que debía salvar una deuda familiar; delante, se convertía en el objeto de reemplazo de un imperio. Gael se giró, su traje negro absorbiendo la luz del salón. Su calma no era paz; era una herramienta de control.
—La señorita Aramendi no ha huido —respondió él, con una voz que obligó al silencio a extenderse—. Está fuera del alcance de la prensa por asuntos personales.
—¿Y la mujer que lo acompaña? —insistió otro reportero—. ¿Quién es ella?
El salón entero contuvo el aliento. Valeria sintió el peso de cientos de ojos. Gael apoyó una mano en su cintura. No fue un gesto de afecto, sino una pinza precisa, un anclaje que la obligó a permanecer inmóvil bajo el foco.
—Mi prometida —dijo él.
La palabra cayó como una sentencia. El murmullo colectivo fue casi un suspiro de satisfacción. Valeria entendió, con una claridad cruel, que ya no era Valeria Montoro; era la solución visible de una mentira necesaria.
—¿Prometida? —la periodista de rojo ladeó la cabeza—. ¿Y qué pasó con Lucía?
—Lucía tomó distancia. Lo único relevante esta noche es que mi familia no alimentará especulaciones —Gael apretó su cintura, indicándole que caminara.
Valeria obedeció, manteniendo la cabeza erguida. Cada paso era una negociación con su propia dignidad. Cuando las puertas del ascensor privado se cerraron, el ruido de la gala se extinguió como si alguien hubiera sellado el mundo con terciopelo.
—No vuelvas a separarte de mí —ordenó Gael, sin mirarla.
—¿Es una orden o una advertencia? —preguntó ella, con el pulso acelerado.
—Es la única forma de que no te destrocen los tiburones.
—¿Y quién te dijo que necesitaba que me encerraras?
—Tu tía, tu banco y el hecho de que mi nombre ahora está unido al tuyo —respondió él, seco—. Mientras dure esto, no hablas con nadie sin mi permiso explícito. Ni socios, ni periodistas, ni tu tía.
Valeria sintió el golpe de esa honestidad sin adornos. El ascensor se detuvo en el sótano, donde un auto blindado esperaba. Dentro, el espacio era asfixiante. Gael no se recostó; la observó con una intensidad que medía cuánto riesgo representaba ella.
—Dime qué sabes de Lucía —soltó él.
—Lo mismo que tú. Que desapareció antes de firmar.
—No. Tú sabes algo más. Tengo a un informante siguiéndole los pasos. Si se fue, no fue por un capricho.
Valeria midió sus palabras. Sabía que la verdad era su única moneda de cambio.
—Si se fue, no fue por amor —dijo ella—. Y si quieres que siga siendo tu prometida, mi madre necesita protección real. Cero acreedores, cero amenazas. Hoy mismo.
Gael tardó un segundo en calcular el costo.
—Congelaré los cobros. Haré que reciban una advertencia formal.
—No alcanza. Quiero que estén fuera de alcance mientras dure esta farsa.
—Acepto —dijo él—. Pero obedeces la regla: si alguien pregunta, respondes lo que yo autorice.
Al llegar a la mansión, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Al entrar en su habitación, Valeria se detuvo en seco. La puerta estaba entreabierta. Sobre el tocador, un sobre crema con el nombre de Lucía escrito en tinta azul esperaba. Gael se quedó en el umbral, su rostro endureciéndose al reconocer el perfume de la fugitiva. Ambos entendieron que esa carta contenía algo capaz de derrumbarlo todo.