La novia de repuesto
La primera llamada de Isabel llegó cuando Valeria todavía tenía el borde de la tarjeta de invitación clavada en la palma de la mano. El papel, grueso y con el sello en relieve de los Laredo, era una sentencia de muerte social.
—No me hagas esto, Valeria. No hoy.
La voz de su tía no traía lágrimas, sino esa clase de urgencia gélida que precedía a los desahucios. Del otro lado del cristal del auto, el hotel brillaba como un edificio diseñado para perdonar a los ricos y devorar a los incautos. En la puerta, los flashes de la prensa caían sobre los invitados con la misma hambre con la que una cuchilla encuentra una herida abierta. Valeria cerró los dedos alrededor del teléfono, sintiendo el cuero de su bolso crujir bajo la presión.
—Yo no le hice nada a Lucía —respondió, con la voz firme a pesar del temblor en sus rodillas—. Ella tomó sus propias decisiones. Yo solo vine a hablar con el abogado del banco.
—No pronuncies su nombre en voz alta —siseó Isabel—. Ya están preguntando por ella. Si no apareces, la fusión se cae y el banco ejecutará la deuda de tu madre antes de que salga el sol. Estás ahí, Valeria. Entra. O te aseguro que no quedará ni el apellido para que te escondas.
Valeria miró su reflejo en la ventanilla: vestido negro, cabello recogido con una severidad que había elegido para no parecer una presa, labios sin brillo. Había venido a la gala por una sola razón: intentar negociar una prórroga. Nada heroico, solo supervivencia. Al bajar del auto, el aire frío de la noche le golpeó el rostro, pero no tanto como el estruendo de los fotógrafos. Lucía Aramendi, la novia perfecta de la temporada, se había esfumado horas antes de la firma del contrato patrimonial. El hueco que dejó no era un drama sentimental; era una bomba de tiempo legal capaz de desarmar dos apellidos y una fortuna entera.
El salón principal la recibió con una violencia elegante. Copas de cristal, arreglos de orquídeas blancas y una subasta silenciosa de sonrisas falsas. En el centro, los Laredo ocupaban el lugar que la ciudad reservaba a quienes podían volver rentable cualquier desastre. Gael Laredo estaba allí, inmutable, con el traje oscuro sin una sola arruga y una quietud que rozaba la insolencia. Parecía el tipo de hombre al que nadie le pide favores, solo le entrega cuentas.
Isabel la interceptó antes de que pudiera buscar una salida. Con una mano firme en su espalda, la empujó hacia la mesa principal. No fue un gesto maternal; fue una maniobra de ajedrez.
—No mires atrás —murmuró Isabel, sin dejar de sonreír a los fotógrafos que empezaban a notar el movimiento—. Si te vuelves ahora, nos hundes a las dos.
Valeria sintió el sabor metálico de la humillación. Gael no se levantó cuando llegaron a su mesa. Sus ojos, fríos como el acero pulido, recorrieron a Valeria de arriba abajo. No vio a una sobrina en apuros; vio una amenaza, un error de cálculo, o quizás, una oportunidad barata.
—Señora Montoro —dijo Gael, su voz era un barítono que cortaba el ruido ambiental—. ¿Dónde está la novia?
Sebastián Rivas, sentado a su lado, lanzó una carcajada cargada de veneno. —Parece que el contrato de fusión se ha quedado sin una de sus partes, Gael. ¿O es que Valeria viene a ofrecernos un descuento por el daño moral?
Valeria no bajó la mirada. Sabía que si mostraba miedo, la devorarían antes de que sirvieran el primer plato. —Lucía no es mi responsabilidad, Gael —respondió ella, ignorando a Sebastián—. Pero la deuda que mi familia tiene con tu banco sí es un asunto que podemos cerrar esta noche.
La mirada de Gael se afiló. Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que el aroma a sándalo y poder de su perfume la envolvió.
—¿Crees que esto es una oficina de préstamos? —preguntó él, con un tono que no admitía réplica—. Has entrado en la órbita de los Laredo en el momento exacto en que mi reputación está siendo cuestionada. Si no traes a Lucía, traes un problema. Y a mí no me gusta perder el tiempo con problemas que no puedo controlar.
La prensa, como un animal salvaje, se abalanzó sobre ellos. Las preguntas estallaron como disparos: «¿Se cancela la fusión?», «¿Por qué la señorita Montoro está sentada en el lugar de la prometida?». El hilo del guante de Valeria se rasgó en la costura, un detalle mínimo que le hizo sentir que, efectivamente, estaba rompiéndose por dentro.
Isabel le clavó las uñas en el brazo. —Sonríe. Si hoy fallas, nos entierran a todas.
Valeria sintió que el aire se volvía irrespirable. Gael, con una parsimonia que le heló la sangre, se puso de pie. No pidió permiso. No consultó. Simplemente, rodeó la mesa y le tomó la muñeca con una firmeza que no era afecto, sino posesión calculada. Su tacto era eléctrico, una advertencia silenciosa que le recorrió todo el cuerpo.
—¿Qué haces? —susurró Valeria, tratando de soltarse sin crear un escándalo.
—Te estoy salvando del ridículo —respondió él, girándose hacia los periodistas con una máscara de impasibilidad perfecta—. Y tú, Valeria, vas a empezar a actuar como si esto hubiera sido el plan desde el principio.
La presentó ante el salón, ante las cámaras, ante el mundo, como si ella ya le perteneciera al desastre de esa noche. Valeria entendió entonces que el contrato que tanto temía no era de papel; era el agarre de Gael sobre su muñeca. Salir de allí sin él ya no era una opción; estaba atada a una mentira que, si se revelaba, los destruiría a ambos.