El libro de las sombras
El aire en la oficina de Don Héctor era una mezcla rancia de té de jazmín y papel viejo, un aroma que a Julián le devolvía el sabor metálico de la infancia que había intentado borrar durante veinte años. El abogado, un hombre cuya piel parecía hecha de pergamino, no se inmutó ante el arrebato de Julián. Golpeó el escritorio con un índice huesudo, justo al lado de la caja fuerte entreabierta donde descansaba el pasaporte de Julián, el único objeto que le recordaba que él pertenecía a otro mundo, uno donde las deudas se liquidaban con números y no con san
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