El peso de la tinta roja
El aire en la calle Olvera no era el que Julián recordaba. Ya no olía a incienso y especias frescas, sino a asfalto recalentado y al polvo metálico de las obras que devoraban las fachadas vecinas. Julián ajustó el nudo de su corbata de seda, un gesto instintivo para protegerse del entorno, mientras sus zapatos de suela italiana se hundían en una acera agrietada. Había venido con un plan sencillo: firmar la renuncia a la herencia de Don Héctor ante el abogado, dejar que el Estado se encargara del local y tomar el vuelo de las ocho de la noche de regreso a su oficina en el centro fina
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