Las cenizas del imperio
Elena salió de la sala de juntas con la espalda recta, pero el teléfono le ardía en la mano como si todavía sostuviera el fósforo que acababa de prenderle fuego al imperio. Apenas cruzó el umbral, las llamadas estallaron una tras otra: accionistas desesperados, abogados histéricos, incluso un primo lejano que no había visto en quince años gritando que había destruido el apellido.
—Elena Vargas, ¿qué carajo fue eso? —rugió Mendoza, el director financiero—. ¡Las acciones cayeron un dieciocho por ciento en tres minutos! ¡Los inversores exigen explicaciones ya!
—Esto es un ajuste temporal —respondió ella con voz helada, aunque el estómago se le había convertido en un nudo de alambre—. Mantenga la calma. Nadie se muere en tres minutos.
Colgó sin esperar respuesta. Otro pitido: su abogada personal.
—Elena, la prensa ya rodea el edificio. Tienen tu foto de cuando eras n
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