La rendición del magnate
La carretera que no promete regreso
El motor del Bentley negro ronroneaba casi en silencio mientras devoraban los primeros kilómetros de la autopista hacia el norte. Elena mantenía la mirada fija en el parabrisas: el amanecer cortaba el cielo en láminas de naranja y gris sucio, como si la ciudad hubiera decidido despedirse con resentimiento.
A su lado, Julián conducía con una mano floja sobre el volante y la otra descansando en la palanca de cambios, demasiado cerca de su rodilla para ser casual, demasiado lejos para ser reclamo. Ninguno había hablado desde que salieron del estacionamiento privado del edificio. El silencio no era cómodo; era una prórroga.
Elena cruzó los brazos con más fuerza. Todavía sentía en la piel el roce de los flashes de la noche anterior, la manera en que Julián la había cubierto con su cuerpo cuando la turba de reporteros intentó cerrarles el paso hacia el ascensor. Todavía escuchaba el crujido seco del teléfono corporativo de él cuando lo partió en dos contra el mármol de la terraza y lo arrojó al vacío. “Ya basta”, había dicho. Solo eso.
Ahora el mismo hombre que había arriesgado ciento ochenta millones de dólares de su línea personal en las primeras setenta y dos horas después de la revelación conducía hacia ninguna parte sin escolta, sin agenda, sin el maldito Bluetooth conectado a la oficina.
—¿A dónde vamos exactamente? —preguntó ella por fin, voz baja pero cortante.
—A una casa en la costa. Nadie sabe que existe salvo el administrador y yo. —Hizo una pausa corta—. Y ahora tú.
Elena giró apenas la cabeza. El perfil de Julián se recortaba contra la luz que entraba por la ventanilla: mandíbula apretada, ojeras que no había visto antes, una arruga nueva entre las cejas que no tenía nada que ver con contratos ni fusiones.
—No necesito que me escondas —dijo ella—. Ya no.
—No te estoy escondiendo. —La miró de reojo un segundo, luego volvió a la carretera—. Te estoy dando espacio para que decidas sin que nadie te esté grabando, sin que tu apellido vuelva a salir en titulares con la palabra “escándalo” al lado.
Elena sintió un pinchazo debajo de las costillas. Odio que la conociera tan bien. Odio más que usara ese conocimiento para desarmarla sin tocarla.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué decides tú cuando no hay cámaras ni accionistas mirando?
Julián dejó escapar el aire por la nariz, un sonido que no llegaba a ser risa.
—Decido apagar el maldito teléfono. —Con un movimiento deliberado sacó el móvil del soporte, lo sostuvo frente a ella para que viera la pantalla negra, pu
Preview ends here. Subscribe to continue.