El contraataque
Las pantallas se encendieron al mismo tiempo, un rojo violento que se extendió como sangre sobre la mesa de caoba. Los números caían en libre caída: acciones del conglomerado Villavicencio desplomándose a una velocidad que ningún trader podía detener. El silencio que siguió pesó más que cualquier grito.
Elena seguía de pie junto a la cabecera, la memoria USB aún caliente en su palma cerrada. No la soltó. La sostenía con la misma determinación con que había cargado su rabia durante doce años.
Ernesto Villavicencio se levantó de golpe, derribando la silla.
—Esto es un delito informático —rugió, señalándola—. ¡Seguridad! ¡Ahora!
Dos guardias dieron un paso hacia ella. Elena no se movió. Sus ojos barrieron la mesa: Rodr
Preview ends here. Subscribe to continue.