La sombra del exilio
El aire dentro de la limusina blindada era un vacío cargado de estática. Elena mantenía la espalda recta contra el cuero frío, las manos entrelazadas sobre su regazo no por nerviosismo, sino para ocultar la firmeza con la que apretaba el fideicomiso oculto en el forro de su bolso. A su lado, Julián Varela observaba la ciudad a través del cristal polarizado. Su perfil, afilado y carente de piedad, parecía tallado en la misma piedra que los rascacielos que dejaban atrás.
—Ricardo no se detendrá —dijo Elena, romp
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